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jueves, 3 de febrero de 2011
domingo, 30 de mayo de 2010
Saqueo petrolero en Malvinas
25 de marzo de 2010
¡Basta de que los ingleses nos roben el petróleo!
Gran Bretaña inició exploraciones para quedarse con el petróleo en el Mar Argentino. Cristina le otorga al Barclays, uno de los dueños de la empresa exploradora, el control del canje de la deuda externa. ¿Qué hacer frente a la usurpación y el saqueo?
El gobierno inglés ha dado un nuevo paso en su ya larga lista de atropellos posteriores a la guerra de 1982. Ahora ha decidido unilateralmente iniciar acciones de exploración de petróleo en el Mar Argentino, a unas 150 millas al norte de Malvinas, por medio de la empresa Desire Petroleum (uno de cuyos principales accionistas es el Banco Barclays), a través de la plataforma petrolera Ocean Guardian.
Es una muestra más del fracaso de la llamada política de “desmalvinización”, que llevaron adelante todos los gobiernos argentinos desde 1982. Intentaron “normalizar” lo antes posible las relaciones con Gran Bretaña, “congelando” el reclamo, haciendo “como si” la usurpación de Malvinas no existiera.
Mientras tanto, los ingleses siguieron avanzando. Ya en 1982, al finalizar la guerra, el Reino Unido había fijado una “zona de exclusión” de 200 millas. En 1987, unilateralmente establece una zona de 150 millas de explotación pesquera exclusiva, adjudicándose de hecho 214.000 kilómetros cuadrados. En 1991, después incluso de los llamados “acuerdos de Madrid” -máxima entrega de Menem a los ingleses, donde hasta deja “en suspenso” el tema soberanía-, Gran Bretaña vuelve a avanzar unilateralmente, declarando una virtual soberanía sobre las 200 millas de lecho y subsuelo submarino alrededor de Malvinas, sumando a su control 438.000 kilómetros cuadrados. Y en 1993, se adjudica las 200 millas alrededor de las Georgias y Sandwich del Sur, agrandando su “zona exclusiva” a 1.200.000 kilómetros cuadrados. Con este “antecedente”, se posiciona para reclamar dos millones de kilómetros cuadrados más en la Antártida Argentina.
La “pampa sumergida”
Dimensionemos estos números. Todo el territorio argentino alcanza 2.800.000 kilómetros cuadrados. Nuestra plataforma continental del Mar Argentino ocupa 1.500.000 kilómetros cuadrados y la Antártida Argentina otro millón. Por lo tanto, lo que está en juego no es sólo el territorio de las islas, sino una superficie casi similar a toda la Argentina continental.
El interés británico en esta área puede resumirse en dos cuestiones. La geopolítica: se trata del control imperalista sobre el Atlántico Sur. Gran Bretaña ha instalado la base militar de Mount Pleasant en Malvinas, como parte del dispositivo militar de la Otan, que se articula con el despliegue de la IV Flota de los Estados Unidos, aliado estratégico de los ingleses.
El otro interés es el económico. A la conocida riqueza pesquera de la región, que ya está siendo saqueada, se le suma la casi certeza de inmensas reservas petroleras, estimada en 60.000 millones de barriles de petróleo (30 veces nuestra deuda externa).
Ante semejante conflicto, el gobierno de Cristina no hace nada. O peor que nada. No sólo no ha denunciado y roto los acuerdos de Madrid firmados por Menem (que, como vimos, son burlados sistemáticamente por los ingleses). Tampoco ha denunciado el tratado de Lisboa de la Unión Europea, que incorpora a las Malvinas como territorio extracontinental europeo. Lo peor es que, mientras “protesta” formalmente, sigue ofreciéndoles negocios a las empresas británicas, incluso a las directamente involucradas en el saqueo de nuestro petróleo en Malvinas. Tal el caso del Barclays, que ha sido designado por el ministro Boudou como uno de los bancos encargados del nuevo canje de deuda.
Hay que hacer lo contrario. Romper los acuerdos entreguistas firmados por Menem, denunciar en todos los foros la agresión británica, hacer un escándalo diplomático internacional, reclamar la solidaridad de todos los países del Tercer Mundo. Y, por sobre todo, usar la única herramienta que hoy efectivamente les dolería: atacar sus intereses económicos, confiscando sus empresas (ver recuadro).
A 28 años de la guerra, el reclamo de nuestra soberanía sobre Malvinas va mostrando su real dimensión. No sólo se trata de la justa devolución de un territorio usurpado. Hablamos de la riqueza de futuras generaciones de nuestro pueblo. Está en juego la mismísima existencia de soberanía sobre la totalidad del Mar Argentino. Es una tarea antiimperialista pendiente que, en el año del Bicentenario, la debemos asumir como tal.
¡Basta de que los ingleses nos roben el petróleo!
Gran Bretaña inició exploraciones para quedarse con el petróleo en el Mar Argentino. Cristina le otorga al Barclays, uno de los dueños de la empresa exploradora, el control del canje de la deuda externa. ¿Qué hacer frente a la usurpación y el saqueo?
El gobierno inglés ha dado un nuevo paso en su ya larga lista de atropellos posteriores a la guerra de 1982. Ahora ha decidido unilateralmente iniciar acciones de exploración de petróleo en el Mar Argentino, a unas 150 millas al norte de Malvinas, por medio de la empresa Desire Petroleum (uno de cuyos principales accionistas es el Banco Barclays), a través de la plataforma petrolera Ocean Guardian.
Es una muestra más del fracaso de la llamada política de “desmalvinización”, que llevaron adelante todos los gobiernos argentinos desde 1982. Intentaron “normalizar” lo antes posible las relaciones con Gran Bretaña, “congelando” el reclamo, haciendo “como si” la usurpación de Malvinas no existiera.
Mientras tanto, los ingleses siguieron avanzando. Ya en 1982, al finalizar la guerra, el Reino Unido había fijado una “zona de exclusión” de 200 millas. En 1987, unilateralmente establece una zona de 150 millas de explotación pesquera exclusiva, adjudicándose de hecho 214.000 kilómetros cuadrados. En 1991, después incluso de los llamados “acuerdos de Madrid” -máxima entrega de Menem a los ingleses, donde hasta deja “en suspenso” el tema soberanía-, Gran Bretaña vuelve a avanzar unilateralmente, declarando una virtual soberanía sobre las 200 millas de lecho y subsuelo submarino alrededor de Malvinas, sumando a su control 438.000 kilómetros cuadrados. Y en 1993, se adjudica las 200 millas alrededor de las Georgias y Sandwich del Sur, agrandando su “zona exclusiva” a 1.200.000 kilómetros cuadrados. Con este “antecedente”, se posiciona para reclamar dos millones de kilómetros cuadrados más en la Antártida Argentina.
La “pampa sumergida”
Dimensionemos estos números. Todo el territorio argentino alcanza 2.800.000 kilómetros cuadrados. Nuestra plataforma continental del Mar Argentino ocupa 1.500.000 kilómetros cuadrados y la Antártida Argentina otro millón. Por lo tanto, lo que está en juego no es sólo el territorio de las islas, sino una superficie casi similar a toda la Argentina continental.
El interés británico en esta área puede resumirse en dos cuestiones. La geopolítica: se trata del control imperalista sobre el Atlántico Sur. Gran Bretaña ha instalado la base militar de Mount Pleasant en Malvinas, como parte del dispositivo militar de la Otan, que se articula con el despliegue de la IV Flota de los Estados Unidos, aliado estratégico de los ingleses.
El otro interés es el económico. A la conocida riqueza pesquera de la región, que ya está siendo saqueada, se le suma la casi certeza de inmensas reservas petroleras, estimada en 60.000 millones de barriles de petróleo (30 veces nuestra deuda externa).
Ante semejante conflicto, el gobierno de Cristina no hace nada. O peor que nada. No sólo no ha denunciado y roto los acuerdos de Madrid firmados por Menem (que, como vimos, son burlados sistemáticamente por los ingleses). Tampoco ha denunciado el tratado de Lisboa de la Unión Europea, que incorpora a las Malvinas como territorio extracontinental europeo. Lo peor es que, mientras “protesta” formalmente, sigue ofreciéndoles negocios a las empresas británicas, incluso a las directamente involucradas en el saqueo de nuestro petróleo en Malvinas. Tal el caso del Barclays, que ha sido designado por el ministro Boudou como uno de los bancos encargados del nuevo canje de deuda.
Hay que hacer lo contrario. Romper los acuerdos entreguistas firmados por Menem, denunciar en todos los foros la agresión británica, hacer un escándalo diplomático internacional, reclamar la solidaridad de todos los países del Tercer Mundo. Y, por sobre todo, usar la única herramienta que hoy efectivamente les dolería: atacar sus intereses económicos, confiscando sus empresas (ver recuadro).
A 28 años de la guerra, el reclamo de nuestra soberanía sobre Malvinas va mostrando su real dimensión. No sólo se trata de la justa devolución de un territorio usurpado. Hablamos de la riqueza de futuras generaciones de nuestro pueblo. Está en juego la mismísima existencia de soberanía sobre la totalidad del Mar Argentino. Es una tarea antiimperialista pendiente que, en el año del Bicentenario, la debemos asumir como tal.
Dubai, Grecia, España
16 de Diciembre de 2009
Vuelven las crisis de la deuda externa
Hace un par de semanas fue Dubai. Mientras muchos economistas del establishment y los principales medios financieros mundiales buscaban demostrar que “la crisis mundial se ha superado”, sorpresivamente el fondo privado Dubai World se declaraba en cesación de pagos por 60.000 millones de dólares. ¿Qué había pasado? Nada nuevo, simplemente el estallido de una nueva “burbuja especulativa” montada sobre fantásticos megaproyectos inmobiliarios (islas artificiales con forma de palmera, hoteles “siete” estrellas, pistas de esquí en medio del desierto).
Y ahora Grecia. Al cumplirse un año de la rebelión juvenil en Atenas, se produjo una feroz represión sobre las decenas de miles de personas que salieron a las calles para conmemorar el primer aniversario del levantamiento. ¿Por qué un nuevo gobierno, el de George Papandreu, perteneciente al Pasok (Partido Socialista), inauguró su mandato con semejante represión? Es que Grecia está ubicada en el ojo del huracán de la crisis económica mundial, que parece querer convertirlo en su próxima víctima. La deuda externa griega ha llegado al 113% de su PBI y se calcula que terminará el año con un déficit fiscal del 12% (cuando, por definición, ningún país miembro de la Unión Europea está autorizado a un déficit superior al 3%). Las agencias calificadoras internacionales de deuda (que le indican al establishment el “riesgo” de invertir en un país u otro), se apresuraron a reducir la calificación de la deuda griega. Pero, como país miembro de la Unión Europea, no tienen moneda para “devaluar” (circula el euro), por lo que suena cada vez más la posibilidad del “default” (que Grecia deje de pagar su deuda). La forma de evitarlo, obviamente, es que logren hacer pasar un feroz ajuste de la mano del FMI.
Mientras tanto, ya empiezan a llegar noticias cada vez más fuertes de que también España está entrando en un tembladeral: con un déficit fiscal del 11% de su PBI y un desempleo de casi el 20%, el Wall Street Journal titula “La deuda de España alimenta los temores de una crisis fiscal en Europa” (10 de diciembre). Es que la economía mundial no ha salido de la crisis que estalló en 2007. No hay recuperación genuina alguna y los índices de desempleo, pobreza y hambre siguen creciendo pavorosamente en todo el planeta. Con los billones de dólares que la Reserva Federal yanqui y los bancos europeos y japonés tiraron para salvar a los especuladores, lograron hacer crecer espectacularmente algunas bolsas del mundo y generar ciertos “negocios ficticios” que sirven para enriquecer a unos pocos -como los directores de bancos, que han vuelto a sus escandalosas comisiones millonarias-, pero que a poco de andar “estallan” dejando un tendal. Por eso está más vigente que nunca la consigna que se coreó en la multitudinaria marcha que recorrió Madrid el sábado pasado: “que la crisis no la paguen los trabajadores”.
Vuelven las crisis de la deuda externa
Hace un par de semanas fue Dubai. Mientras muchos economistas del establishment y los principales medios financieros mundiales buscaban demostrar que “la crisis mundial se ha superado”, sorpresivamente el fondo privado Dubai World se declaraba en cesación de pagos por 60.000 millones de dólares. ¿Qué había pasado? Nada nuevo, simplemente el estallido de una nueva “burbuja especulativa” montada sobre fantásticos megaproyectos inmobiliarios (islas artificiales con forma de palmera, hoteles “siete” estrellas, pistas de esquí en medio del desierto).
Y ahora Grecia. Al cumplirse un año de la rebelión juvenil en Atenas, se produjo una feroz represión sobre las decenas de miles de personas que salieron a las calles para conmemorar el primer aniversario del levantamiento. ¿Por qué un nuevo gobierno, el de George Papandreu, perteneciente al Pasok (Partido Socialista), inauguró su mandato con semejante represión? Es que Grecia está ubicada en el ojo del huracán de la crisis económica mundial, que parece querer convertirlo en su próxima víctima. La deuda externa griega ha llegado al 113% de su PBI y se calcula que terminará el año con un déficit fiscal del 12% (cuando, por definición, ningún país miembro de la Unión Europea está autorizado a un déficit superior al 3%). Las agencias calificadoras internacionales de deuda (que le indican al establishment el “riesgo” de invertir en un país u otro), se apresuraron a reducir la calificación de la deuda griega. Pero, como país miembro de la Unión Europea, no tienen moneda para “devaluar” (circula el euro), por lo que suena cada vez más la posibilidad del “default” (que Grecia deje de pagar su deuda). La forma de evitarlo, obviamente, es que logren hacer pasar un feroz ajuste de la mano del FMI.
Mientras tanto, ya empiezan a llegar noticias cada vez más fuertes de que también España está entrando en un tembladeral: con un déficit fiscal del 11% de su PBI y un desempleo de casi el 20%, el Wall Street Journal titula “La deuda de España alimenta los temores de una crisis fiscal en Europa” (10 de diciembre). Es que la economía mundial no ha salido de la crisis que estalló en 2007. No hay recuperación genuina alguna y los índices de desempleo, pobreza y hambre siguen creciendo pavorosamente en todo el planeta. Con los billones de dólares que la Reserva Federal yanqui y los bancos europeos y japonés tiraron para salvar a los especuladores, lograron hacer crecer espectacularmente algunas bolsas del mundo y generar ciertos “negocios ficticios” que sirven para enriquecer a unos pocos -como los directores de bancos, que han vuelto a sus escandalosas comisiones millonarias-, pero que a poco de andar “estallan” dejando un tendal. Por eso está más vigente que nunca la consigna que se coreó en la multitudinaria marcha que recorrió Madrid el sábado pasado: “que la crisis no la paguen los trabajadores”.
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Cumbre de Copenhague
19 de Diciembre de 2009
“El problema no es el clima, sino el sistema”
Con estas palabras sintetizó un activista alemán la protesta de las más de 100.000 personas que se movilizaron exigiendo finalizar con la contaminación del planeta. Pero los líderes imperialistas siguen priorizando las superganancias de las transnacionales a la destrucción ambiental.
La Cumbre climática de Copenhague, que comenzó el pasado 7 y se extenderá hasta el 18 del corriente, va camino a seguir los pasos de su antecedente en la anterior Cumbre de Kyoto de 1997. Lo que hace unos años atrás hubiera parecido el comienzo de una película de ciencia ficción, hoy es una realidad: se realizará la “Convención de las Naciones Unidas sobre el cambio climático” para discutir cómo evitar que la temperatura del planeta aumente en dos grados hacia fin de siglo, llegando a poner en riesgo la vida del ser humano sobre la tierra. Los objetivos que se deben alcanzar ya están científicamente demostrados: hay que reducir en un 50% las emisiones de dióxido de carbono -también llamados “ gases de efecto invernadero”-, antes de 2050 (y entre un 25-40% antes de 2020), si no se quiere llegar a una catástrofe con consecuencias impredecibles (descongelamiento de los polos y elevación del nivel de los océanos, inundaciones que harán desaparecer poblaciones enteras, desertificación de regiones enteras, crisis alimentaria, crecimiento de enfermedades tropicales, por citar sólo algunas). La otra gran cuestión es cuánto dinero es necesario invertir para reconvertir la industria a nuevas tecnologías no contaminantes y luchar contra las consecuencias ya existentes del calentamiento global. Acá también los expertos se han pronunciado: se necesitarán 240.000 millones de dólares anuales de acá hasta el 2030.
Muchas palabras, ninguna obligación
Como vemos, no se trata de grandes debates “científicos” sobre el futuro climático del planeta. Aunque las grandes transnacionales han hecho correr una corriente “pseudo-científica” que busca negar la gravedad de la crisis ambiental, prácticamente no hay estudio serio en el mundo que no la reconozca. Lo concreto, entonces, es qué resolución tomarán las grandes potencias ante estas realidades. Ciertamente, poco se puede esperar. Habrá declaraciones altisonantes, algún documento lleno de generalidades tan obvias que nadie puede estar en contra y luego, “en lo concreto”, casi nada. Se firmará, como mucho, un acuerdo sobre metas para reducir la contaminación que serán absolutamente insuficientes para evitar el desastre ambiental de las próximas décadas. Pero lo más grave es que el principal contaminador del planeta, Estados Unidos, ni siquiera se comprometerá a esas reducciones mínimas (como sucedió con el Tratado de Kyoto, nunca firmado por los yanquis), aunque no se privará de “exigir” a los países del Tercer Mundo que fijen metas ambientales bajo pena de “sanciones” comerciales o diplomáticas.
Para la prensa, Estados Unidos y la Unión Europea hacen promesas tras promesas, cada una más demagógica que la otra. Prometen reducir “drásticamente” sus emisiones de gases. Los yanquis hablan de reducir un 17% con respecto a los niveles de 2005, pero si la oferta tomara como nivel 1990, que es lo que establece Kyoto, la baja sería sólo del 4%. Y aún eso tiene que pasar por una muy improbable aprobación en el Congreso de los Estados Unidos. La Unión Europea, por su parte, se compromete a reducirlos en un 20%, pero aclaró inmediatamente que ello sólo será posible si Estados Unidos aumenta su compromiso de reducción. Como se ve, todos se comprometen “si el otro también lo hace”. Y China, que entra en el debate porque a su triste rol de gran país dictatorial superexplotador de mano de obra, ahora le suma el de haberse convertido en el segundo contaminador del planeta, sólo se compromete a reducir la “intensidad calórica por unidad de PBI” en sus emisiones, algo mucho menor a las reales. Cualquier acuerdo que no incluya una reducción seria de la contaminación de estos tres actores, que son los responsables de más del 50% de la emisión de gases del planeta, no será más que una burla para los miles de millones de trabajadores y sectores populares que se verán afectados en el futuro próximo.
Mientras tanto, Obama, quien viene de realizar el acto vergonzoso de defender la guerra imperialista en el mismísimo acto en que recibía el Premio Nobel de la Paz, demuestra que lo suyo en materia ecológica también es pura demagogia: propuso un aporte de los países imperialistas de apenas 10.000 millones de dólares anuales. Los europeos se sumaron al sainete: anunciaron que destinarán 10,6 mil millones de dólares para que los países pobres mitiguen las consecuencias del cambio climático, pero después resultó que la mayoría de esos fondos son los que ya la Unión Europea tiene asignados para préstamos a países en desarrollo.
No hay solución ambiental en el marco del capitalismo
Es evidente que ninguna política ambiental seria puede salir de esta cumbre. Se podrá firmar finalmente un documento común, o, ni siquiera eso. Habrá que esperar el final. Lo que resulta superclaro es que, en todos los casos, lo que está detrás son los intereses económicos de los pulpos transnacionales. Muchos juegan a que no se cambie la matriz energética actual y lucrar con un petróleo que puede ascender hasta 200 dólares o más el barril. Otros, ya “ven” los nuevos negocios del biocombustibles -quemando bosques, y reemplazando cultivos de alimentos, haciendo así subir su precio-. Y no falta quien vea un gran negocio financiero para especuladores, a través de la emisión de bonos “verdes” que autoricen niveles máximos de contaminación y se “coticen” en los mercados mundiales.
El capitalismo imperialista está llevando a la humanidad a la debacle. A los más de 1.000 millones de habitantes que sufren hambre (un 16% de la población mundial), se le suma ahora una catástrofe ecológica de consecuencias impredecibles. En el mundo, millones de trabajadores, campesinos, pueblos originarios y otros sectores populares, particularmente los jóvenes que se preguntan sobre su futuro en las próximas décadas, dirigen con toda justicia su atención hacia los problemas ecológicos. Los socialistas, que hacemos nuestras todas y cada una de las reivindicaciones ambientalistas, denunciamos a las transnacionales y sus gobiernos como responsables y decimos que no habrá salida mientras no se las expropie y gobiernen los trabajadores, porque un mundo donde se cuide y no se destruya el planeta, nuestra “casa común”, sólo será posible en una sociedad socialista.
“El problema no es el clima, sino el sistema”
Con estas palabras sintetizó un activista alemán la protesta de las más de 100.000 personas que se movilizaron exigiendo finalizar con la contaminación del planeta. Pero los líderes imperialistas siguen priorizando las superganancias de las transnacionales a la destrucción ambiental.
La Cumbre climática de Copenhague, que comenzó el pasado 7 y se extenderá hasta el 18 del corriente, va camino a seguir los pasos de su antecedente en la anterior Cumbre de Kyoto de 1997. Lo que hace unos años atrás hubiera parecido el comienzo de una película de ciencia ficción, hoy es una realidad: se realizará la “Convención de las Naciones Unidas sobre el cambio climático” para discutir cómo evitar que la temperatura del planeta aumente en dos grados hacia fin de siglo, llegando a poner en riesgo la vida del ser humano sobre la tierra. Los objetivos que se deben alcanzar ya están científicamente demostrados: hay que reducir en un 50% las emisiones de dióxido de carbono -también llamados “ gases de efecto invernadero”-, antes de 2050 (y entre un 25-40% antes de 2020), si no se quiere llegar a una catástrofe con consecuencias impredecibles (descongelamiento de los polos y elevación del nivel de los océanos, inundaciones que harán desaparecer poblaciones enteras, desertificación de regiones enteras, crisis alimentaria, crecimiento de enfermedades tropicales, por citar sólo algunas). La otra gran cuestión es cuánto dinero es necesario invertir para reconvertir la industria a nuevas tecnologías no contaminantes y luchar contra las consecuencias ya existentes del calentamiento global. Acá también los expertos se han pronunciado: se necesitarán 240.000 millones de dólares anuales de acá hasta el 2030.
Muchas palabras, ninguna obligación
Como vemos, no se trata de grandes debates “científicos” sobre el futuro climático del planeta. Aunque las grandes transnacionales han hecho correr una corriente “pseudo-científica” que busca negar la gravedad de la crisis ambiental, prácticamente no hay estudio serio en el mundo que no la reconozca. Lo concreto, entonces, es qué resolución tomarán las grandes potencias ante estas realidades. Ciertamente, poco se puede esperar. Habrá declaraciones altisonantes, algún documento lleno de generalidades tan obvias que nadie puede estar en contra y luego, “en lo concreto”, casi nada. Se firmará, como mucho, un acuerdo sobre metas para reducir la contaminación que serán absolutamente insuficientes para evitar el desastre ambiental de las próximas décadas. Pero lo más grave es que el principal contaminador del planeta, Estados Unidos, ni siquiera se comprometerá a esas reducciones mínimas (como sucedió con el Tratado de Kyoto, nunca firmado por los yanquis), aunque no se privará de “exigir” a los países del Tercer Mundo que fijen metas ambientales bajo pena de “sanciones” comerciales o diplomáticas.
Para la prensa, Estados Unidos y la Unión Europea hacen promesas tras promesas, cada una más demagógica que la otra. Prometen reducir “drásticamente” sus emisiones de gases. Los yanquis hablan de reducir un 17% con respecto a los niveles de 2005, pero si la oferta tomara como nivel 1990, que es lo que establece Kyoto, la baja sería sólo del 4%. Y aún eso tiene que pasar por una muy improbable aprobación en el Congreso de los Estados Unidos. La Unión Europea, por su parte, se compromete a reducirlos en un 20%, pero aclaró inmediatamente que ello sólo será posible si Estados Unidos aumenta su compromiso de reducción. Como se ve, todos se comprometen “si el otro también lo hace”. Y China, que entra en el debate porque a su triste rol de gran país dictatorial superexplotador de mano de obra, ahora le suma el de haberse convertido en el segundo contaminador del planeta, sólo se compromete a reducir la “intensidad calórica por unidad de PBI” en sus emisiones, algo mucho menor a las reales. Cualquier acuerdo que no incluya una reducción seria de la contaminación de estos tres actores, que son los responsables de más del 50% de la emisión de gases del planeta, no será más que una burla para los miles de millones de trabajadores y sectores populares que se verán afectados en el futuro próximo.
Mientras tanto, Obama, quien viene de realizar el acto vergonzoso de defender la guerra imperialista en el mismísimo acto en que recibía el Premio Nobel de la Paz, demuestra que lo suyo en materia ecológica también es pura demagogia: propuso un aporte de los países imperialistas de apenas 10.000 millones de dólares anuales. Los europeos se sumaron al sainete: anunciaron que destinarán 10,6 mil millones de dólares para que los países pobres mitiguen las consecuencias del cambio climático, pero después resultó que la mayoría de esos fondos son los que ya la Unión Europea tiene asignados para préstamos a países en desarrollo.
No hay solución ambiental en el marco del capitalismo
Es evidente que ninguna política ambiental seria puede salir de esta cumbre. Se podrá firmar finalmente un documento común, o, ni siquiera eso. Habrá que esperar el final. Lo que resulta superclaro es que, en todos los casos, lo que está detrás son los intereses económicos de los pulpos transnacionales. Muchos juegan a que no se cambie la matriz energética actual y lucrar con un petróleo que puede ascender hasta 200 dólares o más el barril. Otros, ya “ven” los nuevos negocios del biocombustibles -quemando bosques, y reemplazando cultivos de alimentos, haciendo así subir su precio-. Y no falta quien vea un gran negocio financiero para especuladores, a través de la emisión de bonos “verdes” que autoricen niveles máximos de contaminación y se “coticen” en los mercados mundiales.
El capitalismo imperialista está llevando a la humanidad a la debacle. A los más de 1.000 millones de habitantes que sufren hambre (un 16% de la población mundial), se le suma ahora una catástrofe ecológica de consecuencias impredecibles. En el mundo, millones de trabajadores, campesinos, pueblos originarios y otros sectores populares, particularmente los jóvenes que se preguntan sobre su futuro en las próximas décadas, dirigen con toda justicia su atención hacia los problemas ecológicos. Los socialistas, que hacemos nuestras todas y cada una de las reivindicaciones ambientalistas, denunciamos a las transnacionales y sus gobiernos como responsables y decimos que no habrá salida mientras no se las expropie y gobiernen los trabajadores, porque un mundo donde se cuide y no se destruya el planeta, nuestra “casa común”, sólo será posible en una sociedad socialista.
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sábado, 13 de junio de 2009
Masacre indígena en Perú: otras víctimas del TLC
Publicado en La Arena, de La Pampa, el 12 de junio de 2009
Masacre indígena en Perú: otras víctimas del TLC
Muerto el ALCA, EE.UU. avanzó con "tratados de libre comercio" bilaterales. Varios países latinoamericanoslos han suscripto, Perú entre ellos. Hoy, esos tratados se cobran las primeras víctimas en vidas humanas.
La historia latinoamericana contiene cinco siglos de depredación. Muchos nos hemos formado leyendo las denuncias sobre el genocidio de nuestros pueblos originarios, el saqueo del oro y la plata, y la reducción a servidumbre de lo que quedaba de la población aborigen, por medio de instituciones terroríficas como la "mita" y el "yanaconazgo". Sabemos que, en nuestro continente, quedan pueblos originarios, generalmente viviendo en la marginación y la pobreza. También conocemos y denunciamos que el saqueo de nuestras riquezas continúa en la Latinoamérica "moderna" de países supuestamente independientes. Pero lo sucedido la semana pasada pareció retrotraernos a las más feroces páginas de "Las venas abiertas de América Latina".De nuevo Pizarro.Tal cual había amenazado al declarar el "estado de emergencia" hace tres semanas, el gobierno del Perú, presidido por Alan García, envió a la policía ye el ejército con helicópteros y armas de guerra a reprimir a los indígenas que cortaban rutas en la selva amazónica. En la madrugada del viernes 5 de junio, en la localidad de Baguas, en Curva del Diablo y puente de Corral Quemado, se produjo una masacre de indígenas awajun y wampis. Estos se defendieron con armas rudimentarias, palos, lanzas, flechas, contra la arremetida represiva. Se produjo una batalla armada en plena selva. Los reportes periodísticos hablan de más de 30 muertos (en algunos informes se llegó a contar 100) y más de 200 heridos. Se denuncia quema y desaparición de cadáveres. Se estableció el toque de queda y estado de sitio en toda la región. El gobierno peruano salió en los medios de comunicación a mostrar a "indios feroces", "analfabetos" y "fuera de la civilización" que con lanzas y flechas mataban policías (se reportó el fallecimiento de una docena de fuerzas de seguridad). A partir de ese momento, en la mayoría de los medios de comunicación del Perú se empezó a recurrir al más aberrante lenguaje racista contra los pueblos originarios. Repentinamente, si no fuera por los helicópteros y el armamento moderno utilizado, pareció que se estaba ante una reedición de la conquista de Francisco Pizarro.¿Qué estaba sucediendo?Perú es firmante de un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos. Una de sus consecuencias es que se "liberalizan" todas las inversiones extranjeras, entre ellas las extractivas (petroleras y gasíferas). Esta "puesta en valor" de millones de hectáreas pasan por encima de comunidades que viven en ellas desde hace siglos. Por eso, los indígenas del amazonía venían protestando contra la depredación de las petroleras y otras transnacionales mineras en una huelga y corte de rutas que ya llevaba 56 días. De nada sirvió que una comisión multipartidaria haya concluido en que los decretos legislativos dictados por el gobierno debían ser derogados por inconstitucionales, o que la Comisión de Constitución haya dictaminado en igual sentido derogar los decreto-ley 1015 (Ley Forestal) y 1090 (Fauna Silvestre), uno de los más cuestionados por la parte indígena. Tampoco, que un organismo como la Defensoría del Pueblo haya respaldado la petición indígena y que se haya denunciado repetidas veces que se estaba violando la Declaración de las Naciones Unidas sobre los pueblos indígenas. El Congreso del Perú siempre se negó a tratar cualquiera de estos planteos. Justamente, horas después de que este decidiera postergar nuevamente el debate de la derogatoria de estos decretos legislativos pro TLC que facilitaban la invasión de territorios comunitarios indígenas por parte de las transnacionales, fue que el Poder Ejecutivo envió estos contingentes militares a la región para aplastar la protesta indígena.Compromiso.La realidad es que el gobierno peruano está dispuesto a pasar por encima incluso de sus propias leyes, pues se comprometió con las multinacionales a abrir la Amazonía para extraer gas y petróleo, no para abaratar el consumo de los peruanos, sino para venderla a otros países en beneficio de las multinacionales Petrobrás, Pluspetrol o Perenco. A hoy, ya están concedidos varios lotes que están en explotación. Cuando todos estén trabajando abarcará cerca del 75 % de toda la selva amazónica, que actualmente se encuentran en proceso de exploración o negociación. Se trata de 55 millones de hectáreas, muchas de las cuales se sobreponen a tierras de comunidades sin que se considerase el derecho a consulta o al consentimiento previo, libre e informado. Las empresas y el Estado, manipulan esta situación realizando simples talleres informativos y haciéndolo pasar por consulta, como si se respetara las normativas al respecto, como el Convenio 169 de la OIT. Mientras tanto, la depredación de la selva por compañías mineras y madereras ya está produciendo graves consecuencias ecológicas y dejando sin tierra ni agua limpia a las comunidades indígenas que la habitan desde hace miles de años. Romper en silencio.Se están tratando de esconder los crímenes cometidos tras falacias ya muchas veces escuchadas: acusación a los pueblos nativos de ser bárbaros y criminales, ignorantes y manipulables, argumentos usados otrora por los invasores europeos para justificar el sometimiento de los pueblos originarios y la ocupación de sus territorios, así como por las elites criollas para dejar fuera a las poblaciones indígenas al fundar las repúblicas del siglo XIX. En Perú, Los funcionarios oficiales han llegado a afirmar que los indígenas se oponen por "ignorancia elemental". La realidad es que, en esta ocasión, fueron los pueblos originarios quienes han asumido la defensa de los recursos naturales que pertenecen a los peruanos en primer lugar y al conjunto de Latinoamérica en general, contra la intención de entregarlos a intereses privados. Durante muchos años denunciamos y discutimos las consecuencias que hubiera ocasionado el advenimiento del ALCA. Igual de necesario es hoy dar a conocer estos hechos y las consecuencias de los tratados TLC. De otro modo, la entrega y la destrucción de la Amazonía, los Andes, las fuentes de agua, los ríos, los bosques, el petróleo, los minerales, la biodiversidad y las 200 millas terminarán generando mayor pobreza, exclusión y muerte a los pueblos indígenas, campesinos y trabajadores de nuestra Latinoamérica.
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viernes, 17 de octubre de 2008
Crisis mundial: ¿Qué es la "nacionalización de bancos" de Bush?
La crisis económica llegó a un punto donde ya todos hablan de "nacionalizaciones de bancos" como la última salida. Los europeos le ganaron a Bush en el monto de su rescate: 2,5 billones de dólares. Sigue el salvataje millonario de los que ocasionaron la debacle.
Paul Krugman, economista crítico de Bush y columnista "estrella" del New York Times, lo venía reclamando en sus columnas desde hace dos semanas: los 700.000 millones de dólares del super-rescate yanqui debían ser utilizados para comprar acciones (o sea pedazos de propiedad de los bancos) y no simplemente para estatizar las pérdidas de los créditos incobrables de las hipotecas y sus derivados. Krugman sostenía que "había que seguir el ejemplo de Gordon Brown, el primer ministro británico, que "recapitalizó" el Royal Bank of Scotland, el HBOS y el Lloyd ISB, convirtiendo al Estado británico en el mayor accionista de los tres, en lo que fue leído por la prensa como una virtual "nacionalización".El lunes por la mañana, Krugman se levantó con dos buenas noticias (para él). La primera fue que los más importantes países de Europa acordaron un colosal plan de "salvataje" por la increíble suma de 2,5 billones de dólares. Esto, por un lado serviría para que el Estado garantice los préstamos entre bancos, y por el otro, los "recapitalice", lo que significa comprar acciones y tener asientos en sus directorios. Poco después, el mismo Bush anunció que también los Estados Unidos utilizarían 250.000 millones de sus 700.000 para comprar acciones de bancos "en problemas". La segunda buena noticia fue que la Real Academia Sueca de las Ciencias (con buen "olfato" político) decidió otorgarle el Premio Nobel de Economía. Es que Krugman cumplía con los dos requisitos que "están de moda": ser opositor a Bush y reclamar que el Estado intervenga "más fuerte" para salvar a los bancos.Temporaria y parcial.Krugman fue muy didáctico al señalar hasta dónde debe llegar la intervención del Estado: habla de la necesidad de "nacionalización temporaria y parcial" (New York Times, 14/10/2008). "Parcial", porque se trata simplemente de ponerles dinero a los bancos arriba de la mesa para que sigan su juego, por el mecanismo de comprarles acciones. Claro que los norteamericanos leen lo de "parcial" como más "parcial aún": mientras que los europeos están dispuestos a sentar al Estado en algunas sillas de los directorios, en Estados Unidos se habla de la compra de "acciones preferidas" (las que no dan derecho a voto), lo que, traducido, quiere decir darle más dinero sin condiciones. Y el otro adjetivo que usa Krugman es "temporario": aquí sí coinciden americanos y europeos. Sólo se trata de salvar a los banqueros; luego los Estados de ambas partes del Atlántico se "retirarán elegantemente", vendiendo las acciones.La crisis es de tal tamaño que resulta patético ver a todos los economistas que hasta ayer aparecían como los grandes "gurúes" explicando ahora porqué "debe intervenir el Estado en la economía" y "no se puede dejar todo librado a la regulación del mercado". En nuestro país, por ejemplo, pudimos observar el domingo pasado a López Murphy y Mariano Grondona explicándose mutuamente por televisión porqué está bien que los ingleses estaticen sus bancos.Qué y para qué nacionalizar.Hasta ayer nomás, la nacionalización de la banca aparecía como una consigna exclusiva de la izquierda. Es más, muchos sostenían que era una consigna paleolítica, con remembranzas de debates de la década del '40. Hoy aparece como una "política imprescindible" en boca de Bush, Sarkozy, Angela Merkel o Gordon Brown. Pero no tenemos que equivocarnos: entre ambos planteos, hay un abismo.Ningún Estado del Primer Mundo ha expropiado banco alguno. Simplemente se han comprado acciones -que, como vimos, después se venderán- y, sólo en algunos casos de Europa, se limitarán a "sentar algún director en la mesa de administración del banco". En síntesis: en ninguna parte el Estado tomará efectivamente la propiedad y el control de entidad financiera alguna.Y la otra gran diferencia es "para qué" nacionalizar. Como ya están reclamando a gritos muchas voces críticas que se están manifestando contra el "bail out" (salvataje): que en vez de salvar a los banqueros y sus negociados, se paren todas las ejecuciones y remates a los trabajadores que no pueden pagar sus viviendas. Y, más en general, que toda la masa de ahorros acumulados sirva para financiar programas de desarrollo que garantice salud, educación, vivienda y trabajo, en vez de alimentar burbujas especulativas. "Malos" y "buenos".Cada vez son más los que sostienen que esta crisis es producto "del neoliberalismo", o de la "ausencia de regulaciones". El propio Krugman es un vocero de estas posiciones, con sus columnas diarias en New York Times. Según estos planteos, habría un capitalismo "malo", "neoliberal", que además de injusto nos habría llevado al desastre. Siguiendo este razonamiento, se le podría oponer entonces un capitalismo "bueno" que, con algunas regulaciones del Estado, podría funcionar más o menos equitativamente.Pero esto es completamente falso. La actual crisis es un producto de la misma lógica del capitalismo, un sistema que funciona en base a la exclusiva obtención de ganancia. Que, cuando marcha bien, y se invierte productivamente en fábricas, máquinas y equipos, obtiene el origen de su rentabilidad en base a la explotación de los trabajadores. Y cuando funciona "mal" genera crisis como las actuales.El capitalismo es un sistema donde las decisiones de inversión no se toman en base a las necesidades sociales ni son el resultado de ningún proceso de planificación conciente. Cada capitalista, en el caos del mercado, lucha por desplazar a los otros, para tratar de lograr los lugares más monopólicos posibles en su rama, incorporando cada vez más maquinarias e insumos, para "abaratar" sus mercancías. Así necesita más y más capital para "seguir en competencia". Y requiere entonces una mayor cantidad de ganancia, para obtener la misma tasa sobre el capital invertido. Por eso, cuando los capitalistas ven que no les conviene, porque no es suficiente, la cuota de ganancia que van a obtener en la producción, en vez de invertir ahí sus capitales, se vuelcan a miles de maniobras especulativas.Esto fue, por ejemplo, lo que estalló hace un año, cuando explotó por el aire la "burbuja especulativa" de las hipotecas en Estados Unidos y los que habían comprado sus casas a crédito, se encontraron con que ya no podían pagar sus cuotas ante el aumento de las tasas. Miles de millones de dólares se transformaron en incobrables. El negocio era para los grandes bancos que, mientras tanto, habían usado esos créditos como "activos", o sea que los vendieron, mezclando hipotecas buenas (de cobro seguro) con otras "subprime" (de cobro dudoso o incobrable). Ese paquete de hipotecas era a la vez "reempaquetado" y vuelto a vender. Se trata de los ya famosos "derivados". Y el que lo compraba, encima lo hacía con dinero que pedía prestado. Era deuda sobre deuda. Obviamente, cuando la cadena se rompió porque los deudores hipotecarios no podían pagar sus cuotas, todo se vino abajo como un castillo de naipes. Lo increíble era que todas estas operaciones, que generaban brutales ganancias ficticias, eran perfectamente legales. Se trataba de la forma en que los capitales se valorizaban.Historia conocida.Hoy muchos se horrorizan: ¿Cómo era posible que esto sucediera? Pero no es la primera vez. En la década pasada, los capitales especulativos también habían generado burbujas y sus posteriores estallidos en México (1994), con el efecto Tequila, en el sudeste asiático en el '97, en Rusia en el '98 y en Argentina en 2001. O más atrás en el crack de Wall Street de 1987. Y, si queremos retroceder décadas en el tiempo, también debemos recordar que otra brutal especulación en la Bolsa de Valores de Nueva York fue el origen de la crisis de 1929, que llevó a la gran depresión de la década del '30.No se trata entonces del "neoliberalismo", sino, sin eufemismos, del capitalismo. En distintas décadas, en diferentes regiones del planeta, con distintas políticas, el capitalismo llevó, en su lógica bestial de la ganancia, a que la especulación condujera a estas crisis agudas, que aumentan astronómicamente la miseria, el desempleo y la explotación. Y, como también sucedió tantas veces, el capital tratará luego que los trabajadores y los pueblos explotados sean los que paguen los platos rotos de su especulación sin límites. Así sucede ahora nuevamente. Eso es lo que veremos en los próximos meses.
Paul Krugman, economista crítico de Bush y columnista "estrella" del New York Times, lo venía reclamando en sus columnas desde hace dos semanas: los 700.000 millones de dólares del super-rescate yanqui debían ser utilizados para comprar acciones (o sea pedazos de propiedad de los bancos) y no simplemente para estatizar las pérdidas de los créditos incobrables de las hipotecas y sus derivados. Krugman sostenía que "había que seguir el ejemplo de Gordon Brown, el primer ministro británico, que "recapitalizó" el Royal Bank of Scotland, el HBOS y el Lloyd ISB, convirtiendo al Estado británico en el mayor accionista de los tres, en lo que fue leído por la prensa como una virtual "nacionalización".El lunes por la mañana, Krugman se levantó con dos buenas noticias (para él). La primera fue que los más importantes países de Europa acordaron un colosal plan de "salvataje" por la increíble suma de 2,5 billones de dólares. Esto, por un lado serviría para que el Estado garantice los préstamos entre bancos, y por el otro, los "recapitalice", lo que significa comprar acciones y tener asientos en sus directorios. Poco después, el mismo Bush anunció que también los Estados Unidos utilizarían 250.000 millones de sus 700.000 para comprar acciones de bancos "en problemas". La segunda buena noticia fue que la Real Academia Sueca de las Ciencias (con buen "olfato" político) decidió otorgarle el Premio Nobel de Economía. Es que Krugman cumplía con los dos requisitos que "están de moda": ser opositor a Bush y reclamar que el Estado intervenga "más fuerte" para salvar a los bancos.Temporaria y parcial.Krugman fue muy didáctico al señalar hasta dónde debe llegar la intervención del Estado: habla de la necesidad de "nacionalización temporaria y parcial" (New York Times, 14/10/2008). "Parcial", porque se trata simplemente de ponerles dinero a los bancos arriba de la mesa para que sigan su juego, por el mecanismo de comprarles acciones. Claro que los norteamericanos leen lo de "parcial" como más "parcial aún": mientras que los europeos están dispuestos a sentar al Estado en algunas sillas de los directorios, en Estados Unidos se habla de la compra de "acciones preferidas" (las que no dan derecho a voto), lo que, traducido, quiere decir darle más dinero sin condiciones. Y el otro adjetivo que usa Krugman es "temporario": aquí sí coinciden americanos y europeos. Sólo se trata de salvar a los banqueros; luego los Estados de ambas partes del Atlántico se "retirarán elegantemente", vendiendo las acciones.La crisis es de tal tamaño que resulta patético ver a todos los economistas que hasta ayer aparecían como los grandes "gurúes" explicando ahora porqué "debe intervenir el Estado en la economía" y "no se puede dejar todo librado a la regulación del mercado". En nuestro país, por ejemplo, pudimos observar el domingo pasado a López Murphy y Mariano Grondona explicándose mutuamente por televisión porqué está bien que los ingleses estaticen sus bancos.Qué y para qué nacionalizar.Hasta ayer nomás, la nacionalización de la banca aparecía como una consigna exclusiva de la izquierda. Es más, muchos sostenían que era una consigna paleolítica, con remembranzas de debates de la década del '40. Hoy aparece como una "política imprescindible" en boca de Bush, Sarkozy, Angela Merkel o Gordon Brown. Pero no tenemos que equivocarnos: entre ambos planteos, hay un abismo.Ningún Estado del Primer Mundo ha expropiado banco alguno. Simplemente se han comprado acciones -que, como vimos, después se venderán- y, sólo en algunos casos de Europa, se limitarán a "sentar algún director en la mesa de administración del banco". En síntesis: en ninguna parte el Estado tomará efectivamente la propiedad y el control de entidad financiera alguna.Y la otra gran diferencia es "para qué" nacionalizar. Como ya están reclamando a gritos muchas voces críticas que se están manifestando contra el "bail out" (salvataje): que en vez de salvar a los banqueros y sus negociados, se paren todas las ejecuciones y remates a los trabajadores que no pueden pagar sus viviendas. Y, más en general, que toda la masa de ahorros acumulados sirva para financiar programas de desarrollo que garantice salud, educación, vivienda y trabajo, en vez de alimentar burbujas especulativas. "Malos" y "buenos".Cada vez son más los que sostienen que esta crisis es producto "del neoliberalismo", o de la "ausencia de regulaciones". El propio Krugman es un vocero de estas posiciones, con sus columnas diarias en New York Times. Según estos planteos, habría un capitalismo "malo", "neoliberal", que además de injusto nos habría llevado al desastre. Siguiendo este razonamiento, se le podría oponer entonces un capitalismo "bueno" que, con algunas regulaciones del Estado, podría funcionar más o menos equitativamente.Pero esto es completamente falso. La actual crisis es un producto de la misma lógica del capitalismo, un sistema que funciona en base a la exclusiva obtención de ganancia. Que, cuando marcha bien, y se invierte productivamente en fábricas, máquinas y equipos, obtiene el origen de su rentabilidad en base a la explotación de los trabajadores. Y cuando funciona "mal" genera crisis como las actuales.El capitalismo es un sistema donde las decisiones de inversión no se toman en base a las necesidades sociales ni son el resultado de ningún proceso de planificación conciente. Cada capitalista, en el caos del mercado, lucha por desplazar a los otros, para tratar de lograr los lugares más monopólicos posibles en su rama, incorporando cada vez más maquinarias e insumos, para "abaratar" sus mercancías. Así necesita más y más capital para "seguir en competencia". Y requiere entonces una mayor cantidad de ganancia, para obtener la misma tasa sobre el capital invertido. Por eso, cuando los capitalistas ven que no les conviene, porque no es suficiente, la cuota de ganancia que van a obtener en la producción, en vez de invertir ahí sus capitales, se vuelcan a miles de maniobras especulativas.Esto fue, por ejemplo, lo que estalló hace un año, cuando explotó por el aire la "burbuja especulativa" de las hipotecas en Estados Unidos y los que habían comprado sus casas a crédito, se encontraron con que ya no podían pagar sus cuotas ante el aumento de las tasas. Miles de millones de dólares se transformaron en incobrables. El negocio era para los grandes bancos que, mientras tanto, habían usado esos créditos como "activos", o sea que los vendieron, mezclando hipotecas buenas (de cobro seguro) con otras "subprime" (de cobro dudoso o incobrable). Ese paquete de hipotecas era a la vez "reempaquetado" y vuelto a vender. Se trata de los ya famosos "derivados". Y el que lo compraba, encima lo hacía con dinero que pedía prestado. Era deuda sobre deuda. Obviamente, cuando la cadena se rompió porque los deudores hipotecarios no podían pagar sus cuotas, todo se vino abajo como un castillo de naipes. Lo increíble era que todas estas operaciones, que generaban brutales ganancias ficticias, eran perfectamente legales. Se trataba de la forma en que los capitales se valorizaban.Historia conocida.Hoy muchos se horrorizan: ¿Cómo era posible que esto sucediera? Pero no es la primera vez. En la década pasada, los capitales especulativos también habían generado burbujas y sus posteriores estallidos en México (1994), con el efecto Tequila, en el sudeste asiático en el '97, en Rusia en el '98 y en Argentina en 2001. O más atrás en el crack de Wall Street de 1987. Y, si queremos retroceder décadas en el tiempo, también debemos recordar que otra brutal especulación en la Bolsa de Valores de Nueva York fue el origen de la crisis de 1929, que llevó a la gran depresión de la década del '30.No se trata entonces del "neoliberalismo", sino, sin eufemismos, del capitalismo. En distintas décadas, en diferentes regiones del planeta, con distintas políticas, el capitalismo llevó, en su lógica bestial de la ganancia, a que la especulación condujera a estas crisis agudas, que aumentan astronómicamente la miseria, el desempleo y la explotación. Y, como también sucedió tantas veces, el capital tratará luego que los trabajadores y los pueblos explotados sean los que paguen los platos rotos de su especulación sin límites. Así sucede ahora nuevamente. Eso es lo que veremos en los próximos meses.
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martes, 30 de septiembre de 2008
Crisis mundial: ¿salvar a los capitalistas o expropiarlos?
Este lunes 29 de setiembre, todos los operadores de Bolsa del mundo se paralizaron y miraron a las pantallas que mostraban los resultados de la votación en la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Increíblemente, el proyecto enviado por el Presidente Bush había sido rechazado. Y, lo que es peor, con una mayoría de votos en contra de su propio partido.
Inmediatamente empezó la caída más espectacular que se haya visto de todos los mercados mundiales. El índice Dow Jones (de la Bolsa de Wall Street) retrocedió 777 puntos (la mayor caída en volumen de toda su historia y la mayor en porcentaje desde el día de la caída de las Torres Gemelas). También cayeron en cadena todas las bolsas europeas, asiáticas y latinoamericanas. Bajaron el petróleo, la soja, el trigo, mientras el dólar y el euro se derrumbaban frente al yen japonés.
El voto negativo
132 diputados republicanos votaron en contra de los 700.000 millones de dólares del rescate a los bancos. Lo hicieron desde una defensa ultracerrada de la “no intervención del estado en los mercados”. En general son representantes de los estados yanquis del centro de los Estado Unidos, menos vinculados al “mundo de las finanzas” e integrantes de lo que se conoce como los “neoconservadores”, ultraderechistas, rabiosamente a favor de la guerra de Irak y con fuertes vínculos con la derecha religiosa. Medios conservadores como Fox News sostienen encendidamente esta posición, llegando incluso a acusar a Bush de tomar “medidas socialistas”.
Del otro lado, una mayoría de los diputados demócratas (141, aunque hubo también 90 que votaron en contra), más apenas 66 republicanos que logró alinear Bush, defendieron la “intervención del estado”, que se materializaba en otorgarle los 700.000 millones al Secretario del Tesoro, Henry Paulson, para que el procediera a “salvar” a los bancos en problemas. Este rescate no significaba en absoluto ninguna salida para los deudores hipotecarios que están perdiendo sus casas, ni para los trabajadores que están siendo despedidos. Salvaba las ganancias de los bancos, socializando las pérdidas, es decir, cargándole al estado el costo de los quebrantos. Ni siquiera se tuvo en cuenta el tibio reclamo de algunos acerca de que, por lo menos, el estado obligara a los bancos a entregar acciones por la misma suma en que le pasaba deudas al fisco. Ni tampoco la elemental crítica ética de que no se le pagaran los millonarios “premios” en dólares que se autoadjudicaban los directivos de los propios bancos en crisis.
Ahora seguirá y se profundizará la crisis y vendrá la polémica y el “pase de facturas”. Se acusará a los que votaron en contra de haber impedido una intervención y regulación de los mercados que “hubiera permitido estabilizar la situación”. Del lado neoconservador se les contestará que la salida estaba en “bajar más aún los impuestos a los capitales y las ganancias”, o sea menos impuestos para los ricos a costa de achicar más aún el casi inexistente gasto social norteamericano (donde son millones, por ejemplo, los que no cuentan con ninguna cobertura de salud). Mientras tanto, seguirán “volando” los centenares de miles de millones de dólares que maneja la Reserva Federal (y que, por lo tanto, no requiere de ningún “voto” del Congreso yanqui). Así se cargó al estado las deudas incobrables de Bear Stearns en marzo pasado, y se nacionalizaron de hecho AIG y Fannie Mae y Freddie Mac hace quince días.
Pero no es sólo los Estados Unidos. En Europa, en medio del vendaval, fueron intervenidos el banco alemán Hypo Real Estate, el belga holandés Fortis, el franco-belga DExia, el británico Bradford & Bingley y el islandés Glitnir. En febrero pasado se había nacionalizado el británico Northern Rock.
La única salida es el socialismo
El capitalismo liberal fue el responsable de que se amasaran fortunas en miles de instrumentos especulativos en las últimas décadas. No fue por “falta de regulación”. Desde mediados de la década del ´80 se viene creando una “regulación a medida” –bajo el nombre de la “desregulación”- que favorece a los bancos de inversión, a los fondos buitres, y a cuanto especulador poderoso ande dando vueltas por el planeta. Se juega impunemente con los fondos de pensión (la plata de los jubilados de todo el mundo), con los préstamos hipotecarios que pagan sacrificadamente mes a mes los trabajadores, y se provocan subas o bajas de los tipos de cambio, las acciones, otros instrumentos y hasta el valor de materias primas básicas para la alimentación mundial, provocando crisis por hambre como las que vimos en los últimos meses.
Ahora, ante el estropicio y el crack, aparece toda la corriente de los “reguladores”, los que exigen “más intervención del estado”. ¿Intervención para qué? ¿Hecha por quién?
La experiencia de los “intervencionistas” en el último año es clarísima. Un billón de dólares, mucho más que toda la ayuda mundial al desarrollo, infinitamente más que todos los fondos de los organismos que tratan de paliar el hambre extremo, montos impensables de dinero colocados para salvar a los multimillonarios y sus maniobras. Mientras tanto, salvajemente, se deja en la calle a deudores hipotecarios, se hacen recortes de puestos de trabajo, y ya “se avisa”, que ahora habrá problemas con los pagos de las cuotas de autos, préstamos para educación y hasta consumo corriente de tarjetas de crédito. Se les corta el crédito a los trabajadores norteamericanos y europeos, se les exige pagos en efectivo o se los ejecuta. Y, por supuesto, para ellos no hay “rescate ninguno”. Y, en lo que toca a nuestros países, se sigue reclamando el pago de las deudas externas, mientras se continúan con el saqueo de nuestros recursos naturales, saqueando nuestro petróleo, gas y minerales.
¿Puede asumir “la intervención” otras forma, más favorables a los trabajadores y pueblos del mundo? Muy difícilmente esto suceda mientras los que nos gobiernen sean los propios multimillonarios y sus agentes. Estos rescates no son sorprendentes cuando vemos que quien los comanda, el Secretario del Tesoro yanqui, Henry Paulson, era, hasta antes de asumir su cargo, el máximo directivo de Goldman Sachs, uno de los pulpos más importantes de Wall Street. Y tampoco esto cambia cuando miramos a los demócratas, ya que los principales economistas de Obama son Paul Volcker (el mismo que inició la crisis de la deuda externa latinoamericana en 1982) y Robert Rubin, secretario bajo Clinton, que mantuvo en el cargo de presidente de la Reserva Federal a Alan Greespan, el “padre” tanto de la burbuja especulativa de los ´90, que terminó en el estallido del Nasdaq en el 2002, como de la actual crisis de las hipotecas “subprime”.
Existe una salida, sin duda. Y pasa por la intervención del estado, pero de otro estado, uno gobernado por los trabajadores. Requiere no el salvataje, sino la expropiación de los pulpos multinacionales que están llevando la humanidad al desastre. Pasa por nacionalizar todos los bancos, única forma de resguardar de verdad los ahorros de los trabajadores y, a la vez, aplicar planificadamente esos fondos a programas que resuelvan las necesidades populares. Exige prohibir las suspensiones, despidos y ejecuciones de vivienda, y garantizar a cada ciudadano el derecho a un trabajo, un sueldo digno, una vivienda, salud y educación. Todo esto se puede hacer, requiere incluso menos dinero que el que está circulando en la “bicicleta financiera” mundial por estos días. Y tiene un nombre: se llama socialismo.
Inmediatamente empezó la caída más espectacular que se haya visto de todos los mercados mundiales. El índice Dow Jones (de la Bolsa de Wall Street) retrocedió 777 puntos (la mayor caída en volumen de toda su historia y la mayor en porcentaje desde el día de la caída de las Torres Gemelas). También cayeron en cadena todas las bolsas europeas, asiáticas y latinoamericanas. Bajaron el petróleo, la soja, el trigo, mientras el dólar y el euro se derrumbaban frente al yen japonés.
El voto negativo
132 diputados republicanos votaron en contra de los 700.000 millones de dólares del rescate a los bancos. Lo hicieron desde una defensa ultracerrada de la “no intervención del estado en los mercados”. En general son representantes de los estados yanquis del centro de los Estado Unidos, menos vinculados al “mundo de las finanzas” e integrantes de lo que se conoce como los “neoconservadores”, ultraderechistas, rabiosamente a favor de la guerra de Irak y con fuertes vínculos con la derecha religiosa. Medios conservadores como Fox News sostienen encendidamente esta posición, llegando incluso a acusar a Bush de tomar “medidas socialistas”.
Del otro lado, una mayoría de los diputados demócratas (141, aunque hubo también 90 que votaron en contra), más apenas 66 republicanos que logró alinear Bush, defendieron la “intervención del estado”, que se materializaba en otorgarle los 700.000 millones al Secretario del Tesoro, Henry Paulson, para que el procediera a “salvar” a los bancos en problemas. Este rescate no significaba en absoluto ninguna salida para los deudores hipotecarios que están perdiendo sus casas, ni para los trabajadores que están siendo despedidos. Salvaba las ganancias de los bancos, socializando las pérdidas, es decir, cargándole al estado el costo de los quebrantos. Ni siquiera se tuvo en cuenta el tibio reclamo de algunos acerca de que, por lo menos, el estado obligara a los bancos a entregar acciones por la misma suma en que le pasaba deudas al fisco. Ni tampoco la elemental crítica ética de que no se le pagaran los millonarios “premios” en dólares que se autoadjudicaban los directivos de los propios bancos en crisis.
Ahora seguirá y se profundizará la crisis y vendrá la polémica y el “pase de facturas”. Se acusará a los que votaron en contra de haber impedido una intervención y regulación de los mercados que “hubiera permitido estabilizar la situación”. Del lado neoconservador se les contestará que la salida estaba en “bajar más aún los impuestos a los capitales y las ganancias”, o sea menos impuestos para los ricos a costa de achicar más aún el casi inexistente gasto social norteamericano (donde son millones, por ejemplo, los que no cuentan con ninguna cobertura de salud). Mientras tanto, seguirán “volando” los centenares de miles de millones de dólares que maneja la Reserva Federal (y que, por lo tanto, no requiere de ningún “voto” del Congreso yanqui). Así se cargó al estado las deudas incobrables de Bear Stearns en marzo pasado, y se nacionalizaron de hecho AIG y Fannie Mae y Freddie Mac hace quince días.
Pero no es sólo los Estados Unidos. En Europa, en medio del vendaval, fueron intervenidos el banco alemán Hypo Real Estate, el belga holandés Fortis, el franco-belga DExia, el británico Bradford & Bingley y el islandés Glitnir. En febrero pasado se había nacionalizado el británico Northern Rock.
La única salida es el socialismo
El capitalismo liberal fue el responsable de que se amasaran fortunas en miles de instrumentos especulativos en las últimas décadas. No fue por “falta de regulación”. Desde mediados de la década del ´80 se viene creando una “regulación a medida” –bajo el nombre de la “desregulación”- que favorece a los bancos de inversión, a los fondos buitres, y a cuanto especulador poderoso ande dando vueltas por el planeta. Se juega impunemente con los fondos de pensión (la plata de los jubilados de todo el mundo), con los préstamos hipotecarios que pagan sacrificadamente mes a mes los trabajadores, y se provocan subas o bajas de los tipos de cambio, las acciones, otros instrumentos y hasta el valor de materias primas básicas para la alimentación mundial, provocando crisis por hambre como las que vimos en los últimos meses.
Ahora, ante el estropicio y el crack, aparece toda la corriente de los “reguladores”, los que exigen “más intervención del estado”. ¿Intervención para qué? ¿Hecha por quién?
La experiencia de los “intervencionistas” en el último año es clarísima. Un billón de dólares, mucho más que toda la ayuda mundial al desarrollo, infinitamente más que todos los fondos de los organismos que tratan de paliar el hambre extremo, montos impensables de dinero colocados para salvar a los multimillonarios y sus maniobras. Mientras tanto, salvajemente, se deja en la calle a deudores hipotecarios, se hacen recortes de puestos de trabajo, y ya “se avisa”, que ahora habrá problemas con los pagos de las cuotas de autos, préstamos para educación y hasta consumo corriente de tarjetas de crédito. Se les corta el crédito a los trabajadores norteamericanos y europeos, se les exige pagos en efectivo o se los ejecuta. Y, por supuesto, para ellos no hay “rescate ninguno”. Y, en lo que toca a nuestros países, se sigue reclamando el pago de las deudas externas, mientras se continúan con el saqueo de nuestros recursos naturales, saqueando nuestro petróleo, gas y minerales.
¿Puede asumir “la intervención” otras forma, más favorables a los trabajadores y pueblos del mundo? Muy difícilmente esto suceda mientras los que nos gobiernen sean los propios multimillonarios y sus agentes. Estos rescates no son sorprendentes cuando vemos que quien los comanda, el Secretario del Tesoro yanqui, Henry Paulson, era, hasta antes de asumir su cargo, el máximo directivo de Goldman Sachs, uno de los pulpos más importantes de Wall Street. Y tampoco esto cambia cuando miramos a los demócratas, ya que los principales economistas de Obama son Paul Volcker (el mismo que inició la crisis de la deuda externa latinoamericana en 1982) y Robert Rubin, secretario bajo Clinton, que mantuvo en el cargo de presidente de la Reserva Federal a Alan Greespan, el “padre” tanto de la burbuja especulativa de los ´90, que terminó en el estallido del Nasdaq en el 2002, como de la actual crisis de las hipotecas “subprime”.
Existe una salida, sin duda. Y pasa por la intervención del estado, pero de otro estado, uno gobernado por los trabajadores. Requiere no el salvataje, sino la expropiación de los pulpos multinacionales que están llevando la humanidad al desastre. Pasa por nacionalizar todos los bancos, única forma de resguardar de verdad los ahorros de los trabajadores y, a la vez, aplicar planificadamente esos fondos a programas que resuelvan las necesidades populares. Exige prohibir las suspensiones, despidos y ejecuciones de vivienda, y garantizar a cada ciudadano el derecho a un trabajo, un sueldo digno, una vivienda, salud y educación. Todo esto se puede hacer, requiere incluso menos dinero que el que está circulando en la “bicicleta financiera” mundial por estos días. Y tiene un nombre: se llama socialismo.
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Política Internacional
martes, 23 de septiembre de 2008
Crisis mundial: el salvataje de los 700.000 millones
Las crisis arrasan con empleos, salarios y viviendas
No es la primera vez que la economía mundial entra en crisis de esta magnitud. Algo similar ocurrió en 1929, donde millones perdieron sus empleos y ahorros. O, más cerca en el tiempo, en la crisis del petróleo de 1973, en el “efecto tequila mexicano” del ´94, o en la crisis asiática del ´97. O en nuestro diciembre del 2001. Muchos dicen que es responsabilidad del “capitalismo salvaje”, “el neoliberalismo”, o la falta de controles por parte del Estado. Pero la realidad es que el culpable tiene un solo nombre: el capitalismo.
Los titulares de todos los diarios del mundo dan cuenta de la caída de las bolsas y los bancos. Adentro, más chiquito, explican también cómo eso repercute en puestos de trabajo: 600.000 personas perdieron su empleo en los propios Estados Unidos, los salarios caen, la gente pierde sus casas por no pagar las cuotas, en Europa se acabó el “boom” inmobiliario y entonces los miles de inmigrantes que trabajaban en la construcción quedan en la calle. También se discute como repercute esta crisis sobre “los países pobres”. Casi como un detalle se especula cuantos cientos de millones de nuevos pobres habrá, o a cuánto ascenderá la ya horripilante cifra de 850 millones de hambrientos del planeta.
Como siempre, empiezan las explicaciones de “porqué pasa todo esto”. George Soros, uno de los mayores buitres de las finanzas mundiales, pontifica: “la culpa de la actual crisis la tiene el fundamentalismo de mercado, que no es otra cosa que el laissez-faire (dejar hacer) del siglo XXI; las finanzas se han vuelto tan irracionales que habrá que ponerlas nuevamente bajo control; el monetarismo es una doctrina errónea” (Ambito Financiero, 22 de setiembre). Por su parte, John Auter, editor de inversiones del FinancialTimes (el diario financiero más importante de Europa) opina: “el sistema de regulación que ha supervisado la globalización de las finanzas en los últimos diez años ha fracasado, más allá de toda duda” (Clarín, 21 de setiembre). Joseph Stiglitz, ayer vicepresidente del Banco Mundial, hoy devenido en progresista, también aporta lo suyo: “hemos visto que no se puede dejar a los bancos de inversión regularse a sí mismos. No se puede dejar a la Reserva Federal, que está estrechamente aliada a los banqueros, a cargo de toda la regulación del sistema financiero. Se suponía que la Reserva retiraba el ponche cuando la fiesta se volvía escandalosa, pero en su lugar echó más alcohol (Página 12, 21 de setiembre).
Podríamos seguir con citas similares hasta el infinito. Para la mayoría de los “expertos” esta crisis es “excepcional”, surgió por “falta de regulaciones”, y se arregla con una mayor intervención del estado sobre el sistema financiero. Algunos banqueros habrían aprovechado las políticas del capitalismo “salvaje”, sin límites, e hicieron fortunas desmedidas con operaciones riesgosas que no controló nadie.
Es evidente que todo esto existió, pero como explicación se queda a mitad de camino. No es la primera vez que pasa. Citamos más arriba sólo algunos ejemplos de otras crisis que, a lo largo del siglo XX, dejaron su tendal de depositantes estafados, desempleo, caída de salario y miseria.
El capitalismo siempre funcionó así. Como una gran timba, con miles de millones de dólares buscando su mayor ganancia, con las ruletas rusas de las bolsas, con especulaciones, hoy sobre el petróleo, la soja o el dólar, antes sobre el oro y, si queremos hacer historia económica, en el siglo XVIII con tulipanes. Y siempre cuando los especuladores pierden, salen a buscar el auxilio de “su” estado, para que los rescate, argumentando que corre riesgo “la estabilidad del sistema”. Los platos rotos terminan pagándolo los pueblos, con desempleo masivo, impuestazos para pagar esos salvatajes, cuando no directamente guerras por el reparto del mundo.
¿Estatización? ¿A quién se quiere salvar?
Hoy estamos a las puertas de un nuevo rescate gigantesco. En los últimos 15 días los Estados Unidos pusieron 85.000 dólares para salvar a la mayor aseguradora del mundo (AIG), y 200.000 para salvar a las dos hipotecarias Fanny Mae y Freddie Mac. Como no alcanzó para parar la crisis, el jueves pasado se anunció un “megaplan” por el cual el gobierno yanqui se haría cargo de todas las deudas incobrables, hasta un monto de 700.000 millones de dólares.
Muchos periodistas señalan irónicamente que los Estados Unidos, el país “ejemplo de capitalismo y libre empresa” está produciendo las mayores estatizaciones del mundo. Incluso algunos se preguntan si no habría que cambiar el nombre de los Estados Unidos a “Estados Unidos Socialistas de América”. Pero, en realidad, lo que ocurre es exactamente lo opuesto: se trata de una “socialización de las pérdidas” para limpiar a los bancos y permitirles que sigan operando normalmente con sus ganancias. El “plan” consiste en salvar a los dueños de los bancos, las aseguradoras y todos los pulpos multinacionales que quedaron entrampados en esta bicicleta financiera, a costa de los trabajadores norteamericanos –que pagarán más impuestos- y de los pueblos del mundo, sobre los que se tratará de descargar la crisis con más pagos de deuda y saqueo de sus recursos. El rescate es tan “pro-capitalista” que no se contempla en absoluto ninguna salida para los millones de trabajadores que están perdiendo sus casas por no poder afrontar la cuota. Es un “rescate” parecido al que realizó en nuestro país, en1982, el entonces Presidente del Banco Central, Domingo Cavallo, cuando estatizó toda la deuda privada, cargándosela al estado nacional. Así nació nuestra terrible deuda externa, que todavía hoy estamos pagando.
Qué la crisis la paguen los que se beneficiaron con ella
“¡Se acabó la fiesta!”, hoy dicen los banqueros y sus asesores económicos. Y ahora pretenden que “la cuenta” de sus ganancias, su especulación sin límites y el estropicio causado lo paguen los pueblos del mundo con más miseria, hambre, y saqueos de sus riquezas. Esta es la perversa lógica del capitalismo, que en los momentos de crisis nos muestra su cara más siniestra. Piden “normalidad” y que los salven para seguir explotando “como todos los días a los trabajadores”, destruyendo el medio ambiente y, en definitiva, liquidando el futuro de la humanidad.
¿A cuánto equivale el rescate a los banqueros?
Los 700.000 millones de dólares son:
dos veces el PBI de la Argentina.
64 veces el PBI de Bolivia
175 presupuestos de educación de la Argentina
23 presupuestos anuales de la FAO para combatir el hambre en el mundo
Henry Paulson: el lobo cuida a las ovejas
Los fondos del megarrescate de 700.000 millones de dólares serán manejados a discreción por el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos (equivalente a nuestro Ministro de Economía), que no tendrá que dar cuenta de qué hace con ellos. Pero ya nos podemos imaginar leyendo su currículum. Paulson era, hasta mayo del 2006, en que asumió su cargo en el Estado yanqui, el presidente nada menos que de Goldman Sachs, uno de los cinco grandes de inversión de Wall Streets. Así, jugando en la misma ruleta financiera que provocó el tendal de bancos que hoy tiene que rescatar, hizo que Goldman tuviese una ganancia récord de 5.600 millones de dólares en el 2005. A Paulson, personalmente, le toco un “bono” de premio, por 38,5 millones de dólares. Hoy este personaje asegura que, en el caso de los bancos rescatados, sus directivos seguirán cobrando sus respectivos “bonos anuales de recompensa”. Todo queda entre amigos.
El último escándalo de Lehman Brothers
El último acto de Lehman Brothers antes de su quiebra no tiene desperdicio: transfirió 2.500 millones de dólares de su filial en Londres, donde aún tenía efectivo, hacia la casa central en Nueva York. El objetivo era los “premios” a los directivos yanquis de la empresa, dejando sin sus sueldos a los empleados de todas las filiales europeas. Todo un ejemplo de cómo funciona el capitalismo.
No es la primera vez que la economía mundial entra en crisis de esta magnitud. Algo similar ocurrió en 1929, donde millones perdieron sus empleos y ahorros. O, más cerca en el tiempo, en la crisis del petróleo de 1973, en el “efecto tequila mexicano” del ´94, o en la crisis asiática del ´97. O en nuestro diciembre del 2001. Muchos dicen que es responsabilidad del “capitalismo salvaje”, “el neoliberalismo”, o la falta de controles por parte del Estado. Pero la realidad es que el culpable tiene un solo nombre: el capitalismo.
Los titulares de todos los diarios del mundo dan cuenta de la caída de las bolsas y los bancos. Adentro, más chiquito, explican también cómo eso repercute en puestos de trabajo: 600.000 personas perdieron su empleo en los propios Estados Unidos, los salarios caen, la gente pierde sus casas por no pagar las cuotas, en Europa se acabó el “boom” inmobiliario y entonces los miles de inmigrantes que trabajaban en la construcción quedan en la calle. También se discute como repercute esta crisis sobre “los países pobres”. Casi como un detalle se especula cuantos cientos de millones de nuevos pobres habrá, o a cuánto ascenderá la ya horripilante cifra de 850 millones de hambrientos del planeta.
Como siempre, empiezan las explicaciones de “porqué pasa todo esto”. George Soros, uno de los mayores buitres de las finanzas mundiales, pontifica: “la culpa de la actual crisis la tiene el fundamentalismo de mercado, que no es otra cosa que el laissez-faire (dejar hacer) del siglo XXI; las finanzas se han vuelto tan irracionales que habrá que ponerlas nuevamente bajo control; el monetarismo es una doctrina errónea” (Ambito Financiero, 22 de setiembre). Por su parte, John Auter, editor de inversiones del FinancialTimes (el diario financiero más importante de Europa) opina: “el sistema de regulación que ha supervisado la globalización de las finanzas en los últimos diez años ha fracasado, más allá de toda duda” (Clarín, 21 de setiembre). Joseph Stiglitz, ayer vicepresidente del Banco Mundial, hoy devenido en progresista, también aporta lo suyo: “hemos visto que no se puede dejar a los bancos de inversión regularse a sí mismos. No se puede dejar a la Reserva Federal, que está estrechamente aliada a los banqueros, a cargo de toda la regulación del sistema financiero. Se suponía que la Reserva retiraba el ponche cuando la fiesta se volvía escandalosa, pero en su lugar echó más alcohol (Página 12, 21 de setiembre).
Podríamos seguir con citas similares hasta el infinito. Para la mayoría de los “expertos” esta crisis es “excepcional”, surgió por “falta de regulaciones”, y se arregla con una mayor intervención del estado sobre el sistema financiero. Algunos banqueros habrían aprovechado las políticas del capitalismo “salvaje”, sin límites, e hicieron fortunas desmedidas con operaciones riesgosas que no controló nadie.
Es evidente que todo esto existió, pero como explicación se queda a mitad de camino. No es la primera vez que pasa. Citamos más arriba sólo algunos ejemplos de otras crisis que, a lo largo del siglo XX, dejaron su tendal de depositantes estafados, desempleo, caída de salario y miseria.
El capitalismo siempre funcionó así. Como una gran timba, con miles de millones de dólares buscando su mayor ganancia, con las ruletas rusas de las bolsas, con especulaciones, hoy sobre el petróleo, la soja o el dólar, antes sobre el oro y, si queremos hacer historia económica, en el siglo XVIII con tulipanes. Y siempre cuando los especuladores pierden, salen a buscar el auxilio de “su” estado, para que los rescate, argumentando que corre riesgo “la estabilidad del sistema”. Los platos rotos terminan pagándolo los pueblos, con desempleo masivo, impuestazos para pagar esos salvatajes, cuando no directamente guerras por el reparto del mundo.
¿Estatización? ¿A quién se quiere salvar?
Hoy estamos a las puertas de un nuevo rescate gigantesco. En los últimos 15 días los Estados Unidos pusieron 85.000 dólares para salvar a la mayor aseguradora del mundo (AIG), y 200.000 para salvar a las dos hipotecarias Fanny Mae y Freddie Mac. Como no alcanzó para parar la crisis, el jueves pasado se anunció un “megaplan” por el cual el gobierno yanqui se haría cargo de todas las deudas incobrables, hasta un monto de 700.000 millones de dólares.
Muchos periodistas señalan irónicamente que los Estados Unidos, el país “ejemplo de capitalismo y libre empresa” está produciendo las mayores estatizaciones del mundo. Incluso algunos se preguntan si no habría que cambiar el nombre de los Estados Unidos a “Estados Unidos Socialistas de América”. Pero, en realidad, lo que ocurre es exactamente lo opuesto: se trata de una “socialización de las pérdidas” para limpiar a los bancos y permitirles que sigan operando normalmente con sus ganancias. El “plan” consiste en salvar a los dueños de los bancos, las aseguradoras y todos los pulpos multinacionales que quedaron entrampados en esta bicicleta financiera, a costa de los trabajadores norteamericanos –que pagarán más impuestos- y de los pueblos del mundo, sobre los que se tratará de descargar la crisis con más pagos de deuda y saqueo de sus recursos. El rescate es tan “pro-capitalista” que no se contempla en absoluto ninguna salida para los millones de trabajadores que están perdiendo sus casas por no poder afrontar la cuota. Es un “rescate” parecido al que realizó en nuestro país, en1982, el entonces Presidente del Banco Central, Domingo Cavallo, cuando estatizó toda la deuda privada, cargándosela al estado nacional. Así nació nuestra terrible deuda externa, que todavía hoy estamos pagando.
Qué la crisis la paguen los que se beneficiaron con ella
“¡Se acabó la fiesta!”, hoy dicen los banqueros y sus asesores económicos. Y ahora pretenden que “la cuenta” de sus ganancias, su especulación sin límites y el estropicio causado lo paguen los pueblos del mundo con más miseria, hambre, y saqueos de sus riquezas. Esta es la perversa lógica del capitalismo, que en los momentos de crisis nos muestra su cara más siniestra. Piden “normalidad” y que los salven para seguir explotando “como todos los días a los trabajadores”, destruyendo el medio ambiente y, en definitiva, liquidando el futuro de la humanidad.
¿A cuánto equivale el rescate a los banqueros?
Los 700.000 millones de dólares son:
dos veces el PBI de la Argentina.
64 veces el PBI de Bolivia
175 presupuestos de educación de la Argentina
23 presupuestos anuales de la FAO para combatir el hambre en el mundo
Henry Paulson: el lobo cuida a las ovejas
Los fondos del megarrescate de 700.000 millones de dólares serán manejados a discreción por el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos (equivalente a nuestro Ministro de Economía), que no tendrá que dar cuenta de qué hace con ellos. Pero ya nos podemos imaginar leyendo su currículum. Paulson era, hasta mayo del 2006, en que asumió su cargo en el Estado yanqui, el presidente nada menos que de Goldman Sachs, uno de los cinco grandes de inversión de Wall Streets. Así, jugando en la misma ruleta financiera que provocó el tendal de bancos que hoy tiene que rescatar, hizo que Goldman tuviese una ganancia récord de 5.600 millones de dólares en el 2005. A Paulson, personalmente, le toco un “bono” de premio, por 38,5 millones de dólares. Hoy este personaje asegura que, en el caso de los bancos rescatados, sus directivos seguirán cobrando sus respectivos “bonos anuales de recompensa”. Todo queda entre amigos.
El último escándalo de Lehman Brothers
El último acto de Lehman Brothers antes de su quiebra no tiene desperdicio: transfirió 2.500 millones de dólares de su filial en Londres, donde aún tenía efectivo, hacia la casa central en Nueva York. El objetivo era los “premios” a los directivos yanquis de la empresa, dejando sin sus sueldos a los empleados de todas las filiales europeas. Todo un ejemplo de cómo funciona el capitalismo.
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