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domingo, 23 de enero de 2011

La inflación se come los billetes y los salarios

¿A qué se debe la falta de billetes? Es simplemente una expresión más de la inflación, esa que según el gobierno “no existe”. Se impone exigir un aumento de emergencia para que los trabajadores recuperemos nuestro poder adquisitivo


Algo tan sencillo como conseguir la plata de nuestro propio sueldo se transformó, desde principios de diciembre, en una verdadera odisea. El paisaje cotidiano se llenó de cajeros automáticos que no funcionaban, larguísimas colas en los pocos que todavía tenían dinero, jubilados y trabajadores que debían esperar horas para cobrar sus salarios o simplemente retirarse para volver al otro día porque “el banco no tiene billetes”. Se terminó creando una especie de pseudo “corralito”, que a muchos hizo acordar a fines de 2001.

¿Se trata simplemente de un “problema técnico” o de la impericia de algún funcionario del Banco Central? Por supuesto que el equipo de Marcó del Pont está demostrando la más absoluta falta de profesionalismo en el tema -que terminó con la emisión de billetes en Brasil y su retraso para traerlos al país debido a que los aviones a cargo de hacerlo estaban destacados al operativo del Dakar- .

También es cierto que los bancos, como siempre, priorizaron sus negocios y nadie los obligó a cumplir con lo básico del servicio. Los pocos billetes que circulaban los priorizaron para sus clientes, dejando colgados a jubilados y trabajadores que buscaban desesperadamente un cajero con plata. Los bancos esgrimían la excusa de “problemas técnicos” para reponer los cajeros, pero estos “problemas” desaparecían cuando llevaron cajeros móviles a las playas más caras de Pinamar y Punta del Este para que “sus” clientes no tuvieran problema para retirar dinero. Pero vayamos al tema de fondo.

Con 100 pesos ya no se compra nada

La falta de billetes es la mejor demostración de lo que el gobierno viene negando desde enero de 2007, cuando se produjo la intervención del Indec: en nuestro país hay una inflación galopante y con los billetes existentes cada vez se puede comprar menos.

Cualquiera puede comprobarlo mirando los gastados papeles de 50 y 100 pesos, que años atrás lucían siempre flamantes, e incluso a veces costaba “cambiarlos”. Hoy, para adquirir lo mismo que en 2003 se compraba con 100 pesos, se necesita entre 300 y 400. Veamos algunos ejemplos: el billete de 100 equivalía entonces a 87 kilos de azúcar -hoy apenas a 20-; a 43 paquetes de yerba de un kilo -hoy a 16-; a 47 paquetes de fideos -hoy a 13-, a 63 botellas de cerveza -hoy a 22-, o a 72 litros de leche larga vida -contra 24 al precio actual-.

¡Que aumenten los salarios!

El gobierno de Cristina, una vez más, se hace el distraído. La Presidenta del Banco Central dice que todo se resuelve “usando otros medios de pago”, como tarjetas de débito o crédito. ¿Nadie le contó que el 40% de los trabajadores está en negro y la mayoría no cuenta con tarjeta alguna? Ni siquiera tomó la medida elemental de exigir a los bancos priorizar el pago a jubilaciones y trabajadores, u obligarlos a tener cajeros exclusivos con recarga de dinero prioritaria para cuentas sueldos y jubilaciones.

La falta de billetes desnudó que con los escasos “papeles con cada vez menor valor” no se puede vivir. La carestía se comió los billetes, lo que quiere decir que se comió nuestros sueldos. La intervención del Indec, increíblemente, dice que la inflación de 2010 fue de sólo 10,9%. Innumerables estudios privados la ubican entre el 25 y el 30%. Los artículos de la canasta familiar aumentaron mucho más, algunos de ellos hasta el 100%. Si alguien tenía alguna duda, hoy lo demuestra el papel gastado con la cara de Roca.

Por eso está planteado más que nunca pelear por un aumento de emergencia ya, para recuperar algo de nuestro devaluado salario, al mismo tiempo que exigimos negociaciones paritarias sin techo y con cláusulas gatillos -volver a negociar si la inflación se vuelve a disparar a mitad de año-, ya que tenemos que recuperar no sólo lo que perdimos en el 2010, sino lo que ya estamos empezando a perder en lo que va de 2011. Ya varios gremios hablan de tomar como base una inflación anual de 30 o 35%, en vez de la del Indec. Moyano, que de nuevo había reconocido “la inflación de los supermercados” y al principio dijo oponerse al intento de ponerle un piso de 20% a la negociación salarial, luego se desdijo, “rectificándose”, planteando que cada rama de actividad pida lo que quiera, dejando una vez más dividido al movimiento obrero. Y, como siempre, a ningún burócrata se le ocurre ni por asomo plantear un plan de lucha. Por eso, confiando en nuestras fuerzas, discutiendo y eligiendo paritarios en asambleas, tenemos que, en este 2011 que comienza, dar pelea por la exigencia elemental de recuperar el poder adquisitivo de nuestros salarios.

viernes, 21 de enero de 2011

¡Basta de cortes de luz!

La salida es la reestatización

Lo de siempre, repetido y aumentado desde la privatización. Cuando el termómetro sube un par de grados, empiezan los apagones. Los memoriosos recordarán el apagón récord de febrero de 1999, donde algunos vecinos llegaron a estar 15 días sin luz. Ahora estuvimos cerca: hubo zonas de la Ciudad de Buenos Aires que llegaron a 7 días sin suministro eléctrico. Otras, donde la luz “volvía” para al rato cortarse nuevamente y así durante días y días. Así pasamos las fiestas de fin de año.

Los motivos de este desastre también son archiconocidos: inversiones que no se cumplen, empresas que priorizan sus superganancias y ni siquiera se preocupan por acelerar el restablecimiento del servicio cuando hay una emergencia. Esta vez la indignación popular fue tan grande que el gobierno tuvo que salir a decir que “iba a investigar” y, “de ser necesario”, rescindir el contrato a Edesur, la responsable de los apagones.

Lo que siguió fue la comedia del ridículo. En cuanto “sonó el rumor” de que se le podía quitar la concesión a Edesur, aparecieron haciendo cola los “empresarios amigos del gobierno”: Cristóbal López, Electroingeniería y Eduardo Eurnekián se “anotaron” olfateando un nuevo negociado a su favor.

En medio de todo esto hizo sonar su voz el burócrata mayor de Luz y Fuerza, Oscar Lescano: “Yo no estoy de acuerdo con una estatización (de Edesur). La estatización va a traer desbordes de todo tipo, va a haber problemas, no me gusta. Me gusta que sean privados” (Clarín 5/04), para enseguida cubrirse ante una eventual rescisión del contrato y agregar: “me gustaría que sean empresarios argentinos, no extranjeros.”

Al final prevaleció seguir garantizándoles el negocio a los pulpos de siempre. Todo terminó con una declaración del ministerio de Planificación, anunciando que se le daría “otra oportunidad” a las privatizadas eléctricas. ¡Más caraduras imposible! Lo dijimos una y mil veces: hay que terminar con este escándalo reestatizando a todas las empresas de servicio eléctrico, poniéndolas a funcionar bajo control de sus trabajadores y usuarios. Sólo así se garantizará un derecho tan elemental como tener luz eléctrica en el siglo XXI.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Basta de racismo y xenofobia: soluciones habitacionales ya!!!

La culpa es de los gobiernos

No de los inmigrantes

Han aparecido argumentos xenófobos. Se quiere convencer a los trabajadores que los responsables de la miseria, la falta de vivienda, trabajo y la inseguridad y serían los inmigrantes de países limítrofes. Se busca así desviar la atención sobre los grandes negocios, los pagos de la deuda y la complicidad de los gobiernos.
Terminado el censo de ocupantes del Parque Indoamericano, los números son escalofriantes: más de 13.000 personas reclamando desesperadamente un lugar donde vivir. Mientras tanto, desde la represión realizada por la Policía Federal hasta los ataques perpetrados por barrabravas liderados por punteros macristas, ya se suma tres muertos y, horrorosamente, un “desaparecido”, visto por última vez cuando fue bajado de una ambulancia y presuntamente rematado a balazos delante de los médicos.

Durante más de dos días, existió una verdadera “zona liberada”, donde bandas “cazaban” a todo aquel con rasgos de extranjero. El gobierno de Cristina, además de responsable directo de las dos primeras muertes, se hace el que no tiene nada que ver frente a una miseria tal que creó un verdadero campo de refugiados a pocos kilómetros de la Casa Rosada. Macri, por su parte, fogonea la xenofobia, al echarle la culpa de todo a los inmigrantes de los países limítrofes.
Se empezó a escuchar entonces una verdadera ola de repugnantes argumentos racistas. Es imprescindible, entonces, que dialoguemos con todos los trabajadores que expresan dudas, bombardeados por los argumentos.
En realidad, en nuestro país hay menos inmigrantes que antes: en el Censo de 1960, el 13% era extranjero. Este número baja en 2001 al 4,2%. Como mucho, habría un millón y medio de inmigrantes en todo el país. Los insultos, especialmente a la comunidad boliviana, los trata de “vagos” y “delincuentes”. El argumento no se sostiene por ningún lado. La inmensa mayoría de los bolivianos que viven en la zona Sur de la Ciudad de Buenos Aires, y dentro de ellos los muchos que están dentro de la toma del Parque Indoamericano, trabajan, y muchísimo: son superexplotados, por salarios de entre 700 y 800 pesos, en talleres textiles, muchos de ellos clandestinos.

También se los ha vinculado al narcotráfico. Nuevamente es falso: todos los especialistas en el tema insisten que el negocio narco no es la toma de tierras. La villa 20 de Soldati no es zona donde se haya establecido el negocio de la droga, como sí lamentablemente sucede en otras áreas de la ciudad. Tampoco se sostiene el argumento de que los extranjeros son delincuentes: tomando los datos del Servicio Penitenciario Bonaerense, se observa que de 26.092 presos, sólo 58 son bolivianos. La mayor vinculación al delito viene del lado de los punteros políticos del PJ y el macrismo, articulados muchas veces con las propia comisarías de la zona.

Otro de los argumentos es que se le está quitando a los vecinos un “espacio público”, similar a los bosques de Palermo. Falso: el sector tomado era un basural. Cuando entraron los ocupantes tuvieron que desmalezarlo; se encontraron hasta cadáveres descuartizados y se cazan víboras entre los matorrales. Ni Macri ni los gobiernos anteriores se preocuparon nunca por la parquización. Los habitantes de Buenos Aires tienen derecho a espacios públicos, es cierto. Pero los principales “apropiadores de ese espacio” son los amigos de Macri: los clubes, la propia Sociedad Rural, los boliches de la costanera, todos en zonas de altísimo valor adquisitivo.

“Yo pago mis impuestos y la cuota de mi casa”, se escucha decir. Es cierto. Pero los que están en la toma han dicho una y mil veces que están dispuestos a pagar su casa en cuotas. Pero nunca tuvieron esa oportunidad. Muchos abonan hoy alquileres exorbitantes por una pieza en la misma Villa. Con respecto a “los impuestos”, en la Argentina todos los sectores populares, nacionales y extranjeros, sin excepción, pagamos el más injusto de los impuestos: el IVA. Los que no pagan son los millonarios, exentos del impuesto a la herencia, o a la renta financiera.

Lo que ha estallado, en la cara de los gobiernos, tanto de Cristina como de Macri, es la extrema pobreza que se quería hacer “como si no existiera”. En la que viven millones de compatriotas argentinos y, también, esforzados trabajadores inmigrantes, que llegaron buscando un futuro mejor para sus familias. De la misma forma que, hace un siglo atrás, vinieron y se hacinaron en tantos conventillos, millones de nuestros abuelos. Muchos de ellos también fueron tratados de “delincuentes”y “agitadores”.


Compañero lector: el culpable de que tengamos salarios de miseria, de que la salud y la educación estén destruidas, de la marginación y la inseguridad, no es este esforzado hermano inmigrante. Son los grandes capitalistas, con sus negociados, los banqueros que se llevan nuestra riqueza, el gobierno de Macri que gobierna para la ciudad de los millonarios, y el de Cristina, que destina la plata que tendría que poner para las necesidades más urgentes de nuestro pueblo a subsidios para sus empresarios amigos y el pago de la inmoral deuda externa.



Barrabravas: Al servicio de punteros y burócratas

La patota que mató a Mariano Ferreyra estaba compuesta por barrabravas de Racing y Defensa y Justicia. Antes habían estado oficiando de rompe-huelgas durante todo el conflicto de los tercerizados, atacando varias veces a los trabajadores en sus protestas.

Hace unos meses, también se vio la presencia de barras tratando de impedir en la Feria del Libro una presentación donde se denunciaba las manipulaciones y la patota del Indec.

Ahora volvieron a aparecer. Disfrazados de “vecinos” que se oponen a la toma del Indoamericano. Así fue identificado Julio Capella, barrabrava de Huracán, miembro del agrupamiento kirchnerista Hinchadas Unidas Argentinas, que en tal carácter viajó al mundial de Sudáfrica. Capella aparece disparando contra los ocupantes del predio. En los sucesivos ataques, muchos testigos afirman haber visto a sectores de los barras de Chicago y River entre las patotas que hostigan a la gente del Indoamericano.

El día lunes, cuando se produjo otra toma, en un predio pegado a Ciudad Oculta, otra vez irrumpió una patota, tratando de desalojarlos a la fuerza. Se pudo ver como dirigía el ataque, desde el interior de un automóvil, a otro connotado barrabrava de Nueva Chicago: Eduardo “Manzana” Santoro.

Todos estos patoteros a sueldo, verdaderas brigadas que ya utilizan abiertamente armas de fuego, son contratados por punteros políticos y burócratas sindicales. Tanto el PJ en sus variantes kirchnerista u “opositora”, como el macrismo, se apoyan en estas bandas para “manejar el territorio”, muchas veces articulándose con el control del delito, el narcotráfico y la prostitución.

Ayer fue Mariano Ferreyra. Ahora hay cuatro nuevas víctimas. En otros países de Latinoamérica, como Colombia y Venezuela, la contratación de patoteros a sueldo evolucionó hacia el sicariato, donde se asesina por encargo a líderes políticos y sindicales opositores. Tenemos que impedir que ello suceda en la Argentina. Por eso es fundamental la exigencia de juicio y castigo a los responsables materiales e intelectuales de estas muertes.

Con la plata que va para la deuda externa

¡Plan de viviendas ya!

Las ocupaciones hicieron visible lo que las estadísticas del Indec quieren ocultar: que el “modelo de distribución del ingreso” de Cristina mantiene a millones en la pobreza extrema. Todos los estudios ya coincidían que entre 25 y 30% de la población del país era pobre, y que la mitad orillaba la indigencia. Ahora toda esa gente está a la vista, reclamando lo más básico: un lugar digno para vivir.

En el Area Metropolitana Buenos Aires (Ciudad Autónoma más conurbano hay más de 12 millones. De ellos viven en villas de emergencia, según datos oficiales, 2 millones en el conurbano y 210.000 en la Ciudad de Buenos Aires. Según un estudio de la Universidad de General Sarmiento, sólo entre 2001 y 2006 mientras la población del Area Metropolitana creció un 6,6%, la población en villas lo hizo casi un 60%. ¡10 veces más! Tomando todo el país, el 17% de la población vive en villas miseria.

Sólo en la Ciudad de Buenos Aires, el déficit habitacional es de 600.000 viviendas. A la gente que vive en las villas, en hoteles que no reúnen las más mínimas condiciones, o hacinados en casas de familiares, se le ha sumado en el último tiempo un nuevo drama: aquellos que ni siquiera pueden pagar el alquiler de una pieza en uno de esos hoteles o en la villa. Y que terminan, entonces, en los núcleos “transitorios” que surgen y crecen día a día a los costados de las vías de los trenes, o debajo de las autopistas, que ya suman 30.000 personas. Y varios miles, cada vez más, viven directamente en la calle.

Mientras tanto, en medio de lo más crudo del conflicto, el Ministro de Economía Boudou viajó a discutir el pago de la deuda externa argentina con el Club de París. El gobierno de Cristina va a destinar entre 7.000 y 10.000 millones de dólares para los pulpos imperialistas. Si simplemente ese dinero se destinara a un plan de obras públicas que construya viviendas populares (a un costo de 25.000 dólares cada una, utilizando las innumerables tierras ociosas de Nación, Ciudad y Provincia de Buenos Aires), se podrían levantar entre 280.000 y 400.000 casas. Si a esto le sumamos lo presupuestado para el pago de intereses de la deuda (otros casi 7.000 millones), tendríamos la posibilidad de construir otras 280.000 viviendas.

Amigo lector, haga la cuenta. Dijimos más arriba que hay 2.210.000 personas viviendo en villas. Haciendo un cálculo conservador, cada núcleo familiar tiene 4 personas (y todos sabemos que en realidad muchas familias son más grandes, viviendo en el más absoluto hacinamiento). Simplemente dejando de pagar ¡un año! Los intereses de la deuda, y sumándole lo que ahora se le va a pagar al Club de París, estaríamos en condiciones de darle una vivienda a todos los habitantes de las villas de Capital y el Conurbano. El no pago definitivo de la deuda externa permitiría resolver en forma absoluta todo el déficit habitacional (incluyendo también a los sectores populares que, sin habitar en villas, alquilan, viven hacinados, en condiciones precarias o directamente en situación de calle). Es hora de terminar con la retórica, el doble discurso y el “pasarse la pelota” entre Macri y Cristina. La opción es clara: o viviendas o pagar la deuda.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El "asesoramiento" del FMI al Indec y los500 pesos a los jubilados

Boudou se bajó los pantalones


Vuelve el FMI

Menos de una semana después de haber anunciado como un gesto “independiente” que se pagaría al Club de París sin pasar por el FMI, el ministro de Economía confirmó una visita de este organismo para asesorar al Indec

Las mentiras, más tarde o más temprano, tienen patas cortas. A fines de 2005, Néstor Kirchner pagó en efectivo y por adelantado 9.810 millones de dólares al FMI, todo lo que la Argentina le debía al organismo. La justificación del gobierno fue que “ahora sí, dejábamos de depender del Fondo Monetario”. Nada de esto era cierto.

Nuestro país siguió siendo miembro del FMI. Más aún, en los últimos años hubo más de una misión “reservada” de funcionarios del ministerio de Economía para sondear si la Argentina podría acceder a alguno de los nuevos créditos del organismo (supuestamente “blandos”, con menores condicionamientos).

Los gobiernos de Néstor y Cristina, más allá de que formalmente no firmaron un plan con el FMI, cumplieron durante estos años con la más importante de sus exigencias: normalizar la relación con los acreedores externos después del default de fines de 2001. Así se realizó el primer canje en 2006 y, a comienzos de este año, tal como reclamaba el FMI, el segundo canje con los acreedores que no habían aceptado el primero. Hace apenas unos días se avanzó en otro reclamo pendiente: avanzar en cancelar la deuda con el Club de París. Esta última, por casi 7.000 millones de dólares, si se la refinanciaba en varias cuotas hubiera requerido el visto bueno del Fondo. El gobierno argentino optó por negociar un pago casi al contado: como no había nada que refinanciar, el FMI no tiene nada para avalar. Pero fue presentado demagógicamente como un gran triunfo. Los kirchneristas gastaron ríos de tinta explicando que, una vez más, nos habíamos liberado de ese repudiable organismo.

El diablo metió la cola

Existían otras exigencias del FMI. Desde 2007, el organismo viene reclamando “transparencia” en los números que publica el Indec. No porque le preocupe en absoluto que la truchada de índices de precios perjudique a los trabajadores en su lucha por no perder el poder adquisitivo de los salarios. Mucho menos está preocupado por las cotidianas denuncias de atropellos que realizan los trabajadores y técnicos del organismo. Pero sí le interesa que ciertos pulpos de la especulación financiera internacional que han adquirido bonos de la deuda argentina ajustables por inflación, estén cobrando menos por la información falsa que publica el Indec. Por eso viene insistiendo en un “acuerdo de caballeros” con el gobierno argentino: que la intervención siga haciendo lo que quiere internamente, pero elaborar “algo” (otro índice) válido para las relaciones financieras de Argentina con el mundo.

El problema fue que, mientras los funcionarios de Economía estaban gestionando una misión para avanzar en esto de “muy bajo perfil” -casi secreta-, la noticia se filtró desde la burocracia del Fondo y el gobierno no tuvo más remedio que reconocerla. Ahí fue cuando apareció la patética frase de Boudou: “no nos bajamos los pantalones”, que, por supuesto, no se la creyó nadie.

La misión del Fondo será para, supuestamente, brindar asesoramiento en la elaboración de un “nuevo” Indice de Precios al Consumidor (IPC) Nacional. Desde ya anticipa que, bajo ningún aspecto, se discutirá las truchadas hechas en el organismo desde enero de 2007. Se insiste en que se trata de una misión “técnica”, compuesta por expertos en estadística. El planteo no se sostiene por sí mismo. El famoso IPC nacional ya existía, producto del trabajo de los técnicos del Indec hoy desplazados, se había comenzado a construir en 2002 y a publicar en 2005. Fue la actual intervención la que dejó de publicarlo en 2008, ante la evidente diferencia que había entre los números de inflación de las provincias y el índice trucho que publicaba el Indec. En síntesis, no hace falta “ningún asesoramiento técnico especializado”, ni para volver a calcular un índice nacional ni para dejar de truchar el actual. Bastaría con reponer en sus funciones a los trabajadores desplazados por la intervención y volver a la obvia metodología de relevar los precios de toda la canasta de productos que se medía antes, y tomar esos precios de los puntos de venta (supermercados, almacenes y shoppings), no de las “listas de precios oficiales” que publica Guillermo Moreno. Pero lo que le interesa al gobierno es el aval del Fondo para que desaparezca cualquier crítica internacional al Indec.

Para terminar con la intervención del Indec no hace falta ninguna misión del FMI. Bastaría con hacer lo que los mismos trabajadores del organismo vienen reclamando. Lo que ha desnudado este sainete es el doble discurso de un gobierno que despotrica contra el Fondo en las tribunas, mientras sigue cumpliendo lo único que verdaderamente le interesa a los pulpos internacionales: que la Argentina pague, peso sobre peso, su infinita deuda externa.

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Jubilados: ¿500 pesos u 82% móvil?


Cristina demagógicamente anunció un pago “por única vez” de 500 pesos para los jubilados que cobran la mínima. Nadie duda de que nuestros abuelos necesitan desesperadamente ese dinero, “que volará” inmediatamente en compras de remedios, pagos de cuentas atrasadas y, con suerte, algún modesto regalo para los nietos en las fiestas.

Lo que indigna es que el gobierno se disfrace de Papá Noel y lo muestre como un gran gesto de “justicia social”. Hace menos de dos meses Cristina vetó la ley del 82% móvil, o sea, un mísero aumento de poco más de 300 pesos sobre las jubilaciones mínimas. Increíblemente aducía que “no había plata”, mientras a los pocos días anunciaba el pago al contado de la deuda pendiente con el Club de París: el total del aumento a los jubilados planteado por la ley costaba, en términos anuales, menos que ese pago a los usureros. Mientras tanto, las cajas del Anses y del Pami se siguen usando para financiar pagos de deuda externa.


Al mismo tiempo, decenas de miles de abuelos se ven obligados a hacer juicio para que le liquiden la jubilación como se debe. Cuando los fallos salen a su favor, el gobierno los apela, apostando miserablemente a que pase el tiempo y los demandantes, muchos de avanzada edad, mueran. ¡Es hora de terminar con el manoseo a los jubilados y hacer justicia de una vez con nuestros viejos, otorgándoles un aumento digno y reconociéndoles lo que constitucionalmente les corresponde: el 82% móvil!

martes, 16 de noviembre de 2010

Ahora al Club de París




Cristina sigue pagando

José Castillo


La Presidente anunció por cadena nacional el pago de la deuda externa con el Club de París. Son 7.700 millones de dólares que irán a manos de los gobiernos imperialistas, en vez de dedicarlos a salario, empleo, salud o educación



Hace pocas semanas el gobierno vetó el 82% móvil para los jubilados. Una ley que, a pesar que implicaba un aumento de poco más de 300 pesos, fue catalogada de “imposible de financiar”, que “nos llevaría a la quiebra” y otras expresiones semejantes. Se estaba hablando en concreto de 30.000 millones de pesos. Amigo lector, retenga ese número. Porque ahora, la presidente ha informado, como si fuera un gran triunfo, que vamos a pagar al contado la deuda con el Club de París. ¿Cuánto es en plata? 7.700 millones de dólares, o sea 30.800 millones de pesos. ¿No era que no “existía esa plata” para pagarle a los jubilados?

Ahora sabemos la verdad: efectivamente “no hay plata” para el 82% móvil, tampoco para los empleados estatales, ni para los docentes, ni mucho menos para mejorar la educación y la salud públicas que se caen a pedazos, porque ese dinero irá, una vez más, a manos de los pulpos imperialistas.

No es la primera vez

Desde el comienzo del gobierno de los Kirchner venimos escuchando la misma cantinela: toneladas de discursos contra el FMI, contra los “acreedores buitres”, para, al mismo tiempo, pagar una y otra vez. Los gobiernos de Néstor y Cristina son los que más pagaron en efectivo la deuda externa en toda la historia argentina. No sólo eso: en 2006 se canceló, en efectivo, por anticipado y con reservas, toda la deuda con el FMI, por 9.000 millones de dólares.

Después se “normalizó” la deuda que se había dejado de pagar con los acreedores privados en 2001: se hizo un canje que, además de ser un fabuloso negociado para los tenedores de bonos, le dejó jugosas comisiones a los bancos intermediarios. Y, desde ahí, se pagó puntillosamente cada vencimiento. Hace menos de un año, vino “el segundo canje”, donde se le reconoció la deuda a los acreedores que habían quedado afuera del primero (a los que se había dicho demagógicamente que “no se les iba a pagar más”). Nueva deuda reconocida, que generó nuevos vencimientos. Para pagar todo esto, se usó durante todos estos años plata del presupuesto, de las reservas (dos veces) y ¡hasta del Anses!

¿Nos desendeudamos?

El gobierno acepta que realizó todos estos pagos, destinando esas millonadas al barril sin fondo de la deuda, pero retruca: “la deuda se achica; la política del gobierno es reducir el monto del endeudamiento”. Para demostrarnos que eso es lo que está haciendo, dibuja los números, como en el Indec. No contabiliza como deuda una parte de la misma (los intereses acumulados, la deuda que no entró en el segundo canje, las ganancias generadas por los bonos que ajustan por crecimiento del PBI), ni cuenta las deudas provinciales. Si hiciera bien los números e incorporara todo esto, veremos que la deuda ha subido al valor astronómico de más de 200.000 millones de dólares. El gobierno también compara la deuda existente a fines de 2001 con el PBI de 2002 y dice que “la relación deuda/PBI bajó”. ¡Obvio, compara contra el PBI más bajo de la década! Pero, si comparamos esa misma relación con el momento previo a la caída de De La Rúa, la relación deuda/PBI era similar a la actual: la deuda era entonces, y es ahora, más de medio PBI (50%). ¡Debemos, proporcionalmente a nuestro PBI, lo mismo que antes de la crisis de 2001!


¿Nos “salvamos” por no pasar por el FMI?


Este es otro de los argumentos del gobierno. Habría “logrado” que los miembros del Club de París acepten que no se pase por la auditoría del Fondo. El argumento es falaz por partida doble. Primero, porque la exigencia de “pasar por el FMI” era para que Argentina “renegociara” los vencimientos. Pero ahora paga al contado, o a lo sumo en un par de cuotas, toda la deuda (capital, intereses e incluso deudas no vencidas). No pasamos por el Fondo porque el gobierno “se ajusta a sí mismo”. El FMI nos hubiera pedido, por ejemplo, que ajustáramos 30.000 millones de pesos. ¡Eso mismo hace el gobierno al destinar ese monto a pagar en efectivo!

La segunda falacia es la de que “nadie nos controla”. La negociación es producto de un acuerdo en el G20. Se sabe que la Argentina pedía pagar a cinco años. Los países del G20 le exigieron que cancelara a un año. En síntesis: es el propio G20, en el que están los mismos países imperialistas que deciden en el directorio del Fondo, el que “diseñó” cómo y cuando va a pagar la Argentina.

¿Vendrán “capitales”?

Acá tenemos otra gran falsedad. Ahora sí, nos dicen, después de cancelar esta deuda, que vendrían los ansiados “capitales”, créditos e inversiones que nos beneficiarían a todos. ¡Mentira! No va a venir ninguna inversión productiva. Y las que están no dejan ningún beneficio al país. Recordemos que en 2008, fue la propia Cristina la que le otorgó un crédito a la filial local de la General Motors: esa multinacional no sólo no pone un peso en el país y se lleva las ganancias que obtiene del sacrificio del trabajo argentino, sino que encima recibe préstamos y subsidios estatales.

Los que “van a venir”, probablemente, son capitales especulativos, atraídos por las altas tasas, los privilegios y las superganancias que ofrece el sistema financiero y bursátil argentino. Esto no sólo no deja nada a los trabajadores y el pueblo, sino que además, como ya pasó otras veces, abre el riesgo de burbujas especulativas que después terminan estallando y nos hacen pagar los platos rotos a los de abajo.

En síntesis, el discurso de Cristina desnuda una única verdad: en la Argentina plata hay. La gran pelea es si se la destina, una vez más, a la ilegal, inmoral e infinitamente impagable deuda externa, o, por el contrario, de una vez por todas, a resolver las acuciantes necesidades de los trabajadores y el pueblo.

domingo, 22 de agosto de 2010

Apuntes para analizar la política económica kirchnerista

Más allá del doble discurso: la continuidad de un modelo de acumulación excluyente, concentrado y extranjerizante. Apuntes para analizar la política económica kirchnerista
(Publicado en Anuario EDI 2011)
El debate sobre las continuidades y rupturas del modelo económico kirchnerista con respecto a períodos anteriores es apasionante, habiéndose transformado en un verdadero parteaguas para el análisis de la coyuntura económica argentina. Por supuesto, toda clasificación es relativa a un segmento de la realidad. Por eso en el presente texto nos posicionaremos en tratar de dilucidar alguna conclusión o tendencia, ya que, como todo en la realidad, siempre hay “continuidades” y “rupturas”. En ese marco, luego de proceder a precisar de qué hablamos cuando nos referimos a “modelo económico post-convertilidad”, nos ubicaremos entre aquellos que encontramos muchas más “continuidades” que “rupturas” con modelos anteriores. Dado que este texto es fruto del debate colectivo llevado adelante en el taller anual del EDI, iremos manteniendo las preguntas base que lo convocaron, a los efectos de que se pueda comparar con los otros textos de este mismo anuario.

Acerca del debate sobre la existencia de “un modelo económico post-convertibilidad”

La primera propuesta es ponernos de acuerdo acerca de que estamos comparando. Y para ello debemos definir que es un “modelo”.Si definimos “modelo” como usualmente se lo hace para periodizar la economía argentina (a grandes rasgos primario exportador, sustitutivo de importaciones y post-76 , la respuesta es tajante: no. No hay un nuevo modelo económico post-convertibilidad. Las continuidades con los ejes centrales de acumulación del capital en nuestro país son mucho mayores a las rupturas.

Los grandes ejes del modelo de valorización financiera –el endeudamiento externo, la fuga de capitales financiada por la apertura cambiaria, una ley de entidades financieras que prioriza la acumulación en ese sector, y la prioridad a la concentración y centralización del capital, siguen siendo las características centrales y prioritarias para entender la estructura económica argentina y analizar sus políticas económicas. Para precisar, estamos afirmando la permanencia de un mismo régimen de acumulación, que continúa desde 1976 a la fecha.

Claro que esta respuesta que ensayamos encierra un problema: no hay grandes debates sobre como definir al régimen de acumulación primario exportador, o a la sustitución de importaciones con sus dos fases. Sin embargo, los economistas argentinos no hemos logrado ponernos de acuerdo en como denominar al nuevo régimen de acumulación abierto con la dictadura. Por la profusión de sus trabajos y su especialización en el tema, hemos terminado aceptando el nombre de “hegemonía financiera” o “valorización financiera” establecida en su momento por Basualdo y Khavise. Pero sabemos que eso deja abiertas cantidades enormes de sutilezas acerca de cómo exactamente funcionaba ese régimen de acumulación, cuál fue (y es) la importancia precisa del endeudamiento externo, cuál la de la fuga de capitales, etc. Y estos matices no resueltos pueden generar zonas grises al precisar el grado de “continuidad” de este régimen de acumulación en el siglo XXI. Aún así, tenemos absoluta claridad que no se ha abierto un nuevo régimen basado en la industrialización y la diversificación productiva hacia el mercado interno (como se sostiene desde sectores cercanos al oficialismo), ni tampoco tenemos una “reprimarización” de la economía basada en la soja que nos permita hablar de algo similar a una vuelta al régimen agroexportador.

Definida esta continuidad en el nivel de análisis de los regímenes de acumulación, corresponde que descendamos a un espacio más concreto: el de las políticas económicas.

Acá sí, evidentemente, las políticas económicas de este gobierno son diferentes a las de la década del 90. Sin embargo, esto no significa ninguna excepcionalidad. El régimen de acumulación de valorización financiera ya tuvo diferentes políticas económicas, incluso dentro de un mismo gobierno. En una rápida enumeración: ajuste inicial del período 76-78, enfoque monetario de la balanza de pagos (79-81), devaluaciones y estatización de deuda (81-83), política económica clásica de la sustitución sin tocar las modificaciones de la dictadura (1983-1985), ajuste heterodoxo (1985-89), privatizaciones y ajustes sin convertibilidad (1989-1991), convertibilidad (1989). Y luego la “post-convertibilidad”.

Nótese que las políticas “post convertibilidad” no comienzan con Kirchner, sino a principios de 2002, con la devaluación, y siendo más precisos, a fines de 2001, con la cesación de pagos. Y que, sus primeros efectos en términos de reactivación y crecimiento económico son del segundo semestre de ese año, aún durante el gobierno de Duhalde. Por lo que, aún en el terreno de las políticas económicas, existe también una segunda “continuidad”, en este caso con el duhaldismo.

Continuidades y rupturas al interior de las políticas económicas post-devaluación

Las políticas económicas, en sus grandes rasgos, han mantenido continuidad desde la maxidevaluación de de 2002. Podemos, sin embargo, ensayar dos periodizaciones.

La primera, en base a la correlación con los momentos de crecimiento y recesión.

La gran subdivisión está aquí dada por su relación con la economía mundial: antes y después de la crisis de 2007. Encontramos entonces, un primer período con fuerte “viento de cola” y superávits gemelos. La economía argentina crece a tasas muy altas, en el marco de lo que sucede en todo Latinoamérica y el mundo.

Y luego pasamos a un segundo período con una coyuntura internacional más adversa. Este segundo período a su vez puede subdividirse en un primer momento donde la economía cae en la recesión (2008-primer semestre de 2009), y otro, donde con un conjunto muy agresivo de políticas contracíclicas, se da la reactivación posterior.

La otra forma de periodización implicaría poner énfasis en los momentos de relativa unidad burguesa (por afinidad o disciplinamiento) con el gobierno kirchnerista, y los de ruptura.

Así tendríamos un primer período, que coincide con todo el gobierno de Néstor y los primeros meses de Cristina, hasta el conflicto de la 125. Básicamente, la característica del mismo fue la existencia de una mayoría muy sólida y homogénea de la burguesía nacional y extranjera que se alineaba con el gobierno (lo cual no quiere decir que al interior de este bloque no existieran ganadores y perdedores relativos).

Luego se abre un segundo momento, donde se da una división muy importante en la burguesía, con un sector que pasa claramente a la oposición. Desde agosto de 2008 hasta las elecciones de junio de 2009, esta etapa se caracteriza por un gobierno claramente a la defensiva.

Y, finalmente, un nuevo período, posterior a las elecciones de 2009 hasta hoy, caracterizado por la ofensiva del gobierno en una política anticíclica que confronta fuertemente con el sector burgués opositor, aunque siempre manteniendo los trazos generales del conjunto de la política económica (en ningún momento, ni siquiera retóricamente, se sale hacia políticas “anticapitalistas”).

Consecuencias sobre la estructura económica argentina

Claramente la estructura económica argentina ha sufrido transformaciones. Sin embargo, cabría preguntarse si estas son consecuencias directas de las políticas económicas post 2003 (propias del kirchnerismo), o de las post 2002 (devaluación), de la coyuntura internacional expansiva del período (segundo semestre de 2002-primero de 2007), o de cambios estructurales que venían incubándose incluso desde la década anterior.

Esto último parece ser lo central en el sector agropecuario. Acá operó la gran transformación-reconversión que se venía incubando y que, precios relativos mediante, se produce desde 2003 (estos cambios estructurales ya los analizamos en el Anuario EDI 2008).

En el sector financiero, es donde se han dado menos modificaciones. Discrepamos con toda una serie de interpretaciones que analizan la década del 90 como una liderada por un “bloque de poder” con hegemonía de este sector, que habría sido reemplazada en el siglo XXI por otra donde el sector cumple un rol más subordinado. La realidad es que los bancos recuperaron sus niveles de ganancia de la década del 90, y, redescuentos mediante, pudieron licuar la totalidad de sus pérdidas de la pesificación asimétrica. Sí cabe analizar, como un efecto concreto de la política económica kirchnerista, la mayor presencia de los bancos estatales en los mercados de depósitos y créditos -aunque cabe aclarar que, salvo en el período contracíciclo final (2009-2010) el crédito hipotecario y el crédito para la pequeña y mediana empresa brilló por su ausencia y los sectores populares siguieron teniendo como única herramienta de -crédito las tarjetas).

En el sector industrial, si bien se ha producido algún grado de “re-sustitución” de importaciones, sobre todo en el momento inmediato posterior a la devaluación, no se ha modificado estructuralmente el patrón de acumulación. La industria argentina sigue caracterizándose por su falta de articulación en sus eslabones productivos y presenta la misma concentración, centralización y extranjerización que en la década del 90. Al respecto remitimos al reciente trabajo de Azpiazu y Schorr.

Un elemento nuevo que irrumpe en la estructura productiva argentina es el sector minero. Producto de un conjunto de legislaciones nacidas en la década del 90 –que arrancan con la propia reforma constitucional de 1994, la minería a cielo abierto, con la presencia de las transnacionales más importantes del mundo, hace su ingreso en la Argentina, como un nuevo actor cuyas consecuencias, sobre todo sobre las economías regionales de las provincias afectadas, todavía no vemos con toda su magnitud.

En lo financiero y lo industrial, lo novedoso es la aparición de los jugadores del “club de amigos”: la Kirchner-burguesía (Cristóbal López, Eurnekián, Gerardo Ferreyra, Lázaro Baéz, Whertein). Se trata de nuevos actores que irrumpen en la banca, en los servicios públicos privatizados y el sector extractivo (petrolero y minero).

Es importante, sin embargo, señalar que no se trata de un dato novedoso. El modelo de valorización financiero siempre pivoteó con un grupo selecto de empresas locales (los grupos económicos afines a la dictadura, los capitanes de la industria del alfonsinismo, los empresarios locales amigos de Menem). Desde esa perspectiva, el kirchnerismo no es distinto a los demás.

Resultados sociales de las políticas económica post devaluación

En líneas generales, la política post 2003 no logra rompe la matriz regresiva del modelo de valorización financiera. Para poder sostener esta afirmación, es necesario definir esta matriz, por lo menos en sus rasgos más generales, por comparación con el régimen de acumulación anterior (sustitutivo de importaciones):

a) la existencia de desempleo (visible y estructural), con las consecuentes dificultades para los sectores más vulnerables (jóvenes, marginados y viejos que ya no acceden al mercado de trabajo, y un tercio de los ocupados en negro).

b) Trabajadores pobres. Una masa importantísima de la clase trabajadora por debajo de la canasta familiar.

c) Pobreza estructural de masas y sus consecuencias sociales: marginación, delito, analfabetismo, desnutrición, prostitución. Se trata de una “mancha geográfica” visiblemente extendida en el tercer cordón del conurbano, el conurbano rosarino y cordobés. Que se suma a la pobreza estructural histórica de la Argentina en el NOA y el NEA, y a la “nueva” generada en otros lugares del territorio nacional tras la privatización y cierre de empresas como YPF.

Este es el marco general comparativo. Obviamente, los indicadores sociales sí mejoraron en comparación con el desastre de fines de 2001. Pero la mayoría se estabilizó en valores de la década del 90 (niveles de desempleo, pobreza, valores salariales). Cabe aclarar que todas las afirmaciones de este ítem cuentan con la desventaja de no poder contar con indicadores medianamente objetivos debido a la intervención del Indec operada en enero de 2007.

Un interrogante importante es acerca de si las mejoras fueron producto del diseño específico de objetivos de política económica, o por el contrario la consecuencia de “respuestas” a situaciones que se fueron generando más allá de la voluntad de los gobernantes.

¿De qué dependieron, en concreto, las políticas redistributivas del período?

1) De las luchas post argentinazo: de ahí devienen el plan Jefes y Jefas de hogar, que permitió acceder a un símil de seguro de desempleo para 2.300.000 personas. Del mismo período es la doble indemnización por despidos, vigente durante buena parte del período analizado.

2) Del cambio de precios relativos y de una tenue re-sustitución dependió el incremento del empleo.

3) De las luchas salariales que modificaron parcialmente la distribución del ingreso. Esto es particularmente desde fines de 2004. Un dato a destacar con respecto a las mejoras de los ingresos salariales: en el 2006 la inflación empieza a “competir” fuertemente contra estas mejoras salariales. Este tema es fundamental a partir de 2007. La suba generalizada de precios pasa a ser determinante en su rol regresivo del ingreso. La “curva” de mejoras que se venía dando desde la post-devaluación cambia de signo: se incrementa la pobreza y caen los salarios reales.

4) Post 2008 aparecen algunas políticas anticíclicas importantes: la generalización de las jubilaciones, la Asignación Universal por Hijo, el Repro (con el objetivo específico de “achicar el impacto” sobre el empleo de la crisis mundial), y el Programa Argentina Trabaja. Todavía es muy pronto para analizar específicamente sus impactos. Nuevamente, aquí una dificultad insalvable es la poca credibilidad de los índices del Indec. Diversos estudios, que analizan los receptores de beneficios, la financiación de los programas, y los cruces entre programas nuevos y otros que se reemplazan, llegan a resultados contradictorios. Es un hecho, sin embargo, que, por lo menos en el caso de la Asignación Universal por Hijo, más allá de sus limitaciones, ha tenido algún impacto sobre la pobreza extrema.

Las contradicciones del esquema vigente

A pesar de que se sostenga lo contrario, con los discursos sobre “desendeudamiento”, es evidente que el principal problema de la economía argentina, y el límite para la viabilidad de sus políticas económicas sigue siendo el nivel de la deuda externa (insistimos con esta denominación, en lugar de utilizar otros términos como “deuda pública”). Remitimos al lector, en este ítem, al documento del EDI en este mismo número y a la bibliografía citada.

En un aspecto ya más específico, otro elemento importante a tener en cuenta, que orada constantemente la lógica del modelo económico, es la persistencia de la inflación, con sus efectos sobre la distribución del ingreso y la revaluación del tipo de cambio.

Un tercer ítem, fundamental para analizar las posibilidades de sostener en el tiempo un crecimiento del PBI como el visto en esta década es la calidad de la inversión. Este es un tema fuertemente discutido, ya que el porcentaje de inversión con respecto al PBI (22%) está evidentemente alto, por lo menos para los patrones históricos de la Argentina. Sin embargo, su desagregado, presenta serios problemas, cuando analizamos su impacto sobre la matriz reproductiva. El caso más tangente es la crónica crisis energética de la economía argentina, que amenaza en transfomarse en un nuevo “stop and go” para nuestra economía.


El cuarto elemento que le marca un límite a la viabilidad de las políticas económicas actuales, tiene que ver con los actores sociales en los que se apoya el gobierno. Se trata, una vez más, de la existencia o no de un sector de burguesía nacional con un proyecto de desarrollo capitalista autónomo para la Argentina. Pocas veces, en la historia argentina, es más patente esta ausencia.

Los Kirchner han fracasado en “atraer” como socios a una porción fundamental de la burguesía que opera en el país (todo el agronegocio). Y los sectores que le quedan como afines refuerzan una matriz extractiva depredadora (minería o petróleo), o son fuertemente dependientes de los subsidios públicos.

Los impactos de la crisis internacional

La crisis mundial abierta en julio de 2007, desnudó que el modelo dependía y depende de precios internacionales y de la posibilidad de refinanciar deuda. Las fragilidades aparecieron con mucha claridad en el primer semestre de 2008, y tuvieron una relación directa en el desencadenamiento del conflicto de la Resolución 125.

En el tiempo, los efectos de la crisis sobre la economía local, fueron distintos, en la primera mitad de 2008 (efecto suspensión del financiamiento “fácil” en el mercado mundial), segunda mitad de 2008 y primera de 2009 (efectos más graves, con descenso de los precios de las commodities y ascenso del desempleo en el último trimestre), y el período desde el segundo semestre de 2009 (donde la Argentina, al igual que otros países periféricos, da la impresión de tener capacidad de “despegarse” de los efectos más directos de la crisis global).

La crisis internacional le pegó a la Argentina primero en la limitación y encarecimiento de fuentes de financiamiento. Segundo (muy parcialmente) en los movimientos oscilatorios (2008 y 2009) de los precios internacionales de las commodities. Tercero, en la decisión de las multinacionales que operaban en la Argentina de despedir o suspender personal (último trimestre de 2008).

Hay un cuarto factor de impacto, que todavía no operó en la Argentina: una eventual caída en el crecimiento económico, y por tanto la demanda de importaciones, por parte de China y, eventualmente, Brasil.

De estos cuatro eventuales impactos, el único que se sostiene, parcialmente, afectando la economía argentina, es la limitación de acceso al crédito internacional a tasas razonables (inferiores al 10%).

Las comparaciones con el resto de Latinoamérica

Resulta imposible realizar un análisis comparativo de Argentina con respecto a los otros países de la región desvinculado del análisis político. Con las limitaciones que esto implica, y remitiéndonos exclusivamente a las políticas económicas implementadas, lo primero que debemos afirmar es que Argentina no es Venezuela, ni Bolivia, ni Ecuador, países que, con sus contradicciones, han establecido políticas relativamente independientes del imperialismo norteamericano.

Por supuesto que tampoco es Colombia, Perú, Chile, México ni Uruguay, países que han puesto un fortísimo énfasis para el éxito de sus política en una relación comercial privilegiada con los Estados Unidos.

Por último, digamos que la Argentina tampoco es Brasil. Ni por tamaño de mercado, ni por dinamismo de su burguesía. Las diferencias son de gobierno, de clase dominante y de alineamiento internacional.

Estas definiciones “por la negativa” no deben hacernos caer en la trampa de “la excepcionalidad de la política económica argentina”. Nuestro país comparte muchos rasgos comunes con otros: su subordinación a los pagos de deuda externa, incluso anticipados y la mal llamada “política de desendeudamiento”, la matriz de saqueo de ciertos recursos naturales (soja, minería) y, también, con muchos de ellos, los intentos de aprovechar mercados internos regionales.

¿La oposición tiene un modelo alternativo?

Tajantemente no, más allá de la esgrima de la retórica. Ni siquiera es claro que exista una política económica global diferente. Si, por supuesto hay matices, en políticas económicas específicas (por ejempo eliminación de las retenciones). Pero la oposición parlamentaria se apoya en economistas que serían catalogados “heterodoxos” por el establishment. Difícilmente un nuevo gobierno no kirchnerista pueda dar un giro claro y rápido a una ortodoxia económica como la de la década del 90. Los motivos son dos: el primero tiene que ver con las relaciones de fuerza creadas post argentinazo. Y el segundo, es que, si, como sostenemos, creemos que hay una continuidad con el modelo de valorización financiera, no vemos motivos reales para que alguien reclame cambios estructurales en forma urgente.

Lineamientos de una política económica de izquierda

Resulta fundamental salir de la trampa retórica que nos encasilla a “apoyar las medidas heterodoxas porque son las únicas progresistas, frente a la ortodoxia neoliberal”. Un programa económico de la izquierda debe partir de dar respuestas radicales a los problemas estructurales de la economía argentina, en una transición para un modelo de desarrollo no capitalista. Las principales medidas ya están planteadas en el programa fundacional del EDI. Acá simplemente las enumeramos:

* No pago de la deuda.

* Incremento salarial y de jubilaciones de emergencia.

* Plan de obras públicas para terminar con el desempleo estructural.

* Nacionalización de la banca y el comercio exterior.

* Reestatizaciones de las empresas de servicios públicos privatizados bajo el control de trabajadores y usuarios.

* Reestatización del gas y el petróleo.

* Reforma impositiva progresiva

* Reforma agraria

Cabe mencionar que esto no es un “programa de máxima”, sino un conjunto de medidas de emergencia que abran una nueva perspectiva, un camino no capitalista de desarrollo de la economía argentina.

Sí quizás, sea importante posicionarse sobre ciertos temas de la coyuntura. Varios de ellos los mencionamos en los dos documentos recientes del EDI.

Un punto importante es, como parte de un real programa de redistribución del ingreso, ampliar, en cobertura y monto, la Asignación Universal por Hijo. Y avanzar realmente en la recomposición de los haberes jubilatorios (pago de las deudas pendientes y garantía del 82%). Para ambos temas, proponemos entrar a fondo en las cuestiones del financiamiento: la ampliación de los aportes patronales, la eliminación de la legislación de flexibilización laboral de los 90 y la lucha real contra el trabajo en negr0 (35% del total), apuntando a responder como incrementar los aportes a la caja del Anses. Y un impuesto a la renta financiera y una reforma impositiva en general, para financiar desde el presupuesto la diferencia. Y la prohibición de financiar al estado (comprar bonos públicos, léase financiar deuda, o financiar proyectos privados, transformando al Fondo del Anses en un Banco de Desarrollo) tendiendo con esto a a cuidar y no desfinanciar el stock que proviene de las AFJP. Con respecto a las deudas preexistentes con los jubilados, se trata de un stock que debe ser afrontado con recursos o reservas, prioritariamente a otros usos, como pago de deuda o subsidios a empresas privadas.


Bibliografía

Castillo, José, Deuda Externa: colonización, miseria y corrupción, Ediciones El Socialista, Buenos Aires. Abril de 2010.

Castillo, José, Crisis de la Economía Mundial: 40 años de crisis crónica del capitalismo, Edición Voz de los Trabajadores, Caracas, 2009.

Castillo, José, La economía argentina, el conflicto del campo y las perspectivas en el corto plazo, en Anuario EDI 2008, Buenos Aires, Setiembre 2008

Castillo, José “La inflación: un debate teórico imprescindible para el pensamiento económico crítico”, en el Coloquio “América Latina: desafíos y perspectivas para la construcción de una nueva sociedad”, III Coloquio Internacional de la SEPLA (Sociedad Latinoamericana de Economía Política y Pensamiento Crítico), Escuela Venezolana de Planificación, Caracas, Venezuela, noviembre de 2007.

Castillo, José, La economía argentina desde mediados del 2002, en Anuario EDI 2007, Buenos Aires, Abril de 2007

Azpiazu, Daniel y Martín Schorr, Hecho en Argentina: industria y economía , 1976-2007, Siglo XXI, Buenos Aires, 2010.

Documento del EDI, ¿Por qué rebrota la inflación? Consideraciones sobre sus causas y soluciones, Anuario EDI 2010, Buenos Aires, 2010.

domingo, 30 de mayo de 2010

¿Cómo impacta la crisis global en Argentina?

19 de mayo de 2010




Cristina retomó en estos días el doble discurso “anti- FMI” y “anti-políticas neoliberales”. Se despachó a gusto criticando las recetas que se están implementando en Europa y, en particular, los planes de ajuste exigidos por el FMI y el Banco Central Europeo ya aceptados por los gobiernos de Grecia, Portugal, España y Gran Bretaña. Señalemos el carácter cínico del planteo de los Kirchner: el representante argentino ante el FMI se pronunció a favor del ajuste exigido por el organismo, en una nueva prueba del famoso “decir una cosa en la tribuna y hacer exactamente lo contrario en la realidad”.



Pero nos interesa acá analizar el otro argumento del gobierno. Sostiene que, debido a que la Argentina hace las cosas “distinto”, la crisis no llegaría a nuestras tierras. Esta afirmación no es nueva: el gobierno nos la empezó a vender en 2007, cuando la crisis recién comenzaba; que estábamos “blindados” y que, debido a las bondades de la política económica kirchnerista no nos veríamos afectados. Como siempre, la mentira tiene patas cortas.



Empecemos por lo más importante, la deuda externa. Durante el “veranito” de la economía mundial, entre 2003 y mediados de 2007, el gobierno nos decía que la deuda “ya no era un problema”, “se reducía con el canje” (vulgar mentira), o se “refinanciaba” pateando los vencimientos para adelante. Todo eso se acabó desde el estallido de la crisis en julio de 2007. A partir de ese momento ya todos los pagos de la deuda serán “en efectivo”. Camino que ya había emprendido el gobierno pagándole de contado al FMI en enero de 2006, con el verso de que nos íbamos a desendeudar.



El gobierno salió desesperadamente a buscar de dónde sacar la plata. Y así tuvo su primera derrota importante con la Resolución 125, en el conflicto por las retenciones. A partir de ahí empezó el ajuste. Los pagos de deuda se comieron rápidamente todo el superávit fiscal, y luego siguieron con la caja del Anses, del Pami, de la Lotería y ahora con las Reservas. Cuando no le alcanzó para continuar pagando la masa de subsidios a las privatizadas para sostenerles sus superganancias, empezó a incrementar las tarifas.



Todo esto no es nuevo. Y ahora, con esta nueva crisis, va a pegar un salto. El gobierno está jugado a pagar, pagar y seguir pagando los vencimientos de deuda. A ser el “mejor alumno”. Por eso ahora está metido en el nuevo canje. Sostiene que pagar es para obtener financiamiento a tasas accesibles. Pero no las consigue. Ya tuvo que suspender la emisión de un nuevo bono Global 2019 (más deuda), porque se dio cuenta que era imposible conseguir tasas inferiores al 15%. Conclusión: esa plata que no vendrá, saldrá del presupuesto. Será entonces menos dinero para los salarios de los estatales (que hace años están por el piso), para salud, educación o vivienda. El gobierno también deja correr la inflación, porque le permite recaudar más (en pesos y, como el dólar está quieto, también en divisas).



A fines de 2008, cuando la crisis mundial generó su segundo capítulo -la caída de Lehman Brothers y el hundimiento de bolsas y bancos en Estados Unidos-, también se hizo trizas el argumento oficial de que nuestra economía real no sería afectada, ya que a nosotros “nos compra China”. En apenas un par de semanas, una ola de despidos liderados por las empresas transnacionales que operan en nuestro país dejó a centenares de miles de compañeros sin trabajo. Otros tanto sufrieron suspensiones y rebajas de sueldos. La salida del gobierno, en ese momento, fue salir a bancar a las empresas: recordemos el insólito crédito de Cristina a la General Motors, en el mismo momento en que se estaba hundiendo en los Estados Unidos.



La conclusión es transparente: como ya nos pasó en 2007, no es cierto que estamos “blindados”. Ya estamos pagando los efectos de la crisis mundial. La inflación y los bajos salarios son la mejor expresión. No podemos descartar que, si la crisis se profundiza, haya una nueva oleada de despidos. Hoy, en el fragor de un nuevo capítulo de la crisis capitalista global, se impone, más que nunca, dejar de pagar la ilegal, inmoral y fraudulenta deuda externa. Y usar esos fondos para un plan económico de emergencia al servicio de los trabajadores y el pueblo, que nos “blinde” de verdad, ante las más que probables consecuencias del tsunami económico que atraviesa el mundo.

Documento del EDI sobre inflación

¿Por qué rebrota la inflación?





Consideraciones sobre sus causas y soluciones



La inflación ha reaparecido nuevamente como un grave problema. Coincidiendo con la percepción cotidiana de la población, la mayoría de las estimaciones sitúan la carestía entre el 15 y el 25% anual. Estos porcentajes, que manejan las consultoras privadas y los institutos provinciales, son congruentes con el incremento de la recaudación impositiva en el primer trimestre (18%) y con el promedio de las negociaciones salariales (18-25%).



Estas cifras se encuentran muy lejos de los desastres hiperinflacionarios de los años ‘80 / ‘90 y reflejan también coyunturas estacionales pero, en el mejor de los casos, la suba de precios se ha estabilizado en un nivel que golpea duramente a las mayorías populares.



Este impacto es mayor entre los sectores más empobrecidos, que soportan el encarecimiento de la canasta alimenticia. El incremento de estos precios duplica el promedio general y en algunos rubros -como la carne- alcanzó niveles escalofriantes. La inflación anual de los hogares pobres promedió el año pasado un 22%, mientras que su equivalente entre las familias ricas alcanzó al 13%. La misma tendencia se verificó en los dos primeros meses del 2010 con subas de 6,5% en el primer caso y 4,9% en el segundo.



Un ejemplo de este impacto diferenciado es la licuación de la asignación universal por hijo, cuya preservación requeriría un ajuste mensual automático por la evolución de los precios de la canasta básica de alimentos.



Una estrategia fallida: destrucción de los indicadores

Cualquier debate sobre la inflación ha quedado deformado por la demolición de las estadísticas del INDEC. Como el gobierno niega esa manipulación hay que manejarse con estimaciones para-oficiales, tampoco muy confiables. Desde que comenzó la digitación de las cifras (enero del 2007) se ha introducido una distorsión escandalosa, mientras que los funcionarios calculan desde entonces una suba de 28,1%, los institutos provinciales (Santa Fe o San Luis) registran incrementos de 80%.



El dictamen que prepara la comisión formada para evaluar el manejo oficial de los índices (CAES) es demoledor. Sobran las anormalidades en todos los terrenos (cambios de canasta, reducción de rubros, gastos que desaparecen).



Repitiendo un hábito de administraciones anteriores (especialmente las de Martínez de Hoz y Cavallo), los ministros de economía han intentado disimular la inflación destruyendo al mensajero. Pero el engaño es efímero, ya que resulta imposible tapar la realidad con números ficticios. No solo la población percibe la estafa, sino también funcionarios y empresarios que necesitan contar con datos confiables para adoptar decisiones cotidianas.



La manipulación de los datos ha creado un mundo de fantasía, que impide evaluar los niveles de pobreza e indigencia. Estas magnitudes se calculan utilizando el controvertido índice de precios de la canasta básica de alimentos. Según las estimaciones oficiales, el primer porcentual ha caído a 13,2% y el segundo a 3,5%, incluso antes del otorgamiento del ingreso universal (diciembre 2009). Este diagnóstico contrasta con diversos cálculos privados que triplican esos guarismos (30,1%-31,2% y 10,5% -11,2%).



La caracterización oficial choca con algunas constataciones elementales. No es creíble que la pobreza e indigencia hayan bajado en forma tan radical durante el año pasado, que estuvo dominado por el crecimiento negativo, la contracción de ventas y el aumento del desempleo (de 7,8 a 8,4%). Si las cifras del INDEC fueran ciertas el nivel actual de indigencia se asemejaría al de 1974, cuando el desempleo era de 2,8%, el trabajo en negro rondaba el 17% (hoy 36%) y la brecha entre ricos y pobres era incomparablemente menor. Es más que obvia la distancia que separa el contexto actual de esa época.



Como el imaginario universo oficial es insostenible ya existen varias iniciativas para alivianar la manipulación del INDEC. Pero las propuestas para elaborar nuevos índices van y vienen, con ensayos de canastas que incluyen y excluyen consumos de diverso tipo. La decisión más reciente sería negociar un programa de asistencia técnica con el FMI, que al mismo tiempo es cuestionado como auditor por el propio gobierno. Los funcionarios, que alegaban una conspiración de los acreedores para ajustar los rendimientos de sus títulos con los índices del INDEC, ahora tramitan un asesoramiento del principal protector de esos financistas que, como es sabido, carga con una probada responsabilidad de encubrimientos y fraudes contables al servicio de los grandes banqueros. Sin embargo en cualquier caso lo más importante son las causas de la inflación, no su medición.



Preservación de las ganancias capitalistas

Para quienes integramos Economistas de Izquierda (EDI) en toda formación social capitalista la inflación es resultante de tensiones contradictorias al interior del proceso de producción, que se expresan de diversas maneras según la coyuntura, en la actualidad el principal impulso inflacionario deviene de las macroganancias de las grandes empresas. Los grupos capitalistas más concentrados se aseguran beneficios elevados por medio de la inflación. Nuestra conclusión surge de una simple constatación: solo los capitalistas pueden implementar remarcaciones. La inmensa mayoría de la población está compuesta por simples consumidores de los bienes cotizados por los grandes formadores de los precios.



Para nosotros es importante subrayar esta evidencia para no perder de vista quiénes son los mayores responsables de la inflación actual. Cualquier discusión que omita esta realidad conduce las reflexiones hacia un laberinto. Hay que debatir cuales son las razones que impulsan a los empresarios a subir los precios y evaluar si se trata de actos voluntarios, obligados o perversos. Pero antes de calificarlos es necesario asumir su protagonismo en la carestía, ya que existe un manifiesto ocultamiento de ese rol. Los gobiernos suelen determinar algunos precios básicos de la economía (tipo de cambio, tarifas, salario mínimo) y adoptan políticas que aceleran o atenúan la inflación. Obviamente tienen responsabilidad política (por acción u omisión), pero finalmente quienes remarcan los precios son los capitalistas.



Los dueños de las empresas no limitaron estos aumentos, ni siquiera durante la recaída productiva del complicado año pasado. Según informaciones periodísticas los balances de las firmas que cotizan en Bolsa indicarían un crecimiento de las utilidades promedio de 51,7% en comparación al 2008 con sectores muy beneficiados (bancos, telefónicas, siderúrgicas), pero la performance habría sido muy buena para todos en el peor ejercicio del ciclo iniciado en el 2003. Otro cálculo más extendido revela que la rentabilidad bruta fue muy elevada entre el 2004 y el 2007, se atenuó posteriormente y se mantuvo siempre por encima de los años ‘90. El nivel del año pasado se ubicó por ejemplo un 15% por arriba del 2001.



Un indicador de la inflación como ajustador de las ganancias es el comportamiento de los precios mayoristas, que tiende a subir en forma preventiva para asegurar el colchón de rentabilidad. Este mecanismo de actualización ha quedado incorporado desde hace décadas a la conducta habitual del capitalista argentino.



Durante la reactivación del 2002-07 las ganancias extraordinarias generadas por la mega-devaluación atenuaron la incidencia del recurso inflacionario. Pero desde que el modelo económico perdió capacidad para generar beneficios fáciles, la escala de precios volvió al primer plano.



Este retorno opera como un instrumento patronal para neutralizar la recuperación del salario. Desde la reactivación del 2003 las remuneraciones lograron una progresiva reconstitución del poder de compra perdido durante la hecatombe precedente. Cuando esa recomposición alcanzó su techo (2007), los empresarios retomaron la inflación para diluir en el mercado la mejora obtenida por los trabajadores. Este resurgimiento de la carestía para desvalorizar los salarios se mantuvo en el 2008 y no decayó con la recesión posterior.



El mismo papel ha jugado la inflación frente a la recuperación del empleo. Para contrarrestar el efecto de la creación de 2,2 millones de puestos de trabajo en blanco durante los últimos seis años, los capitalistas preservan beneficios vía precios. Por ese camino compensan la recomposición de las remuneraciones que tuvieron de los asalariados del sector formal.



Los empresarios no pueden recurrir a los mecanismos de ajuste de los años ‘90 (desempleo y deflación) en un contexto de crecimiento y reconstitución de la lucha social. Por eso utilizan la inflación como contrapeso a un legado de la rebelión popular del 2001 que se refleja en la renovada gravitación de los sindicatos.



Ciertamente esta utilización patronal de la inflación como sustituto de los despidos y la reducción salarial es un rasgo general del capitalismo contemporáneo. Pero en Argentina siempre ha presentado un nivel superior al promedio internacional. En la actualidad por ejemplo, la tasa de de inflación es nueve veces mayor que la media global y se ubica cinco o seis veces por encima del promedio de los países vecinos. En el 2009 fue solo superada por seis países en el mundo y triplicó la media latinoamericana.



Estos datos confirman la perdurabilidad de una conducta empresaria adiestrada en la gestión de negocios en marcos inflacionarios. Mantienen este hábito por memoria, tradición e impunidad y es un comportamiento análogo a la fuga de capitales. Ante cualquier temor o perturbación se remarcan los precios y se gira el dinero al exterior. Estos reflejos han vuelto a operar y por esta razón la inflación no ha bajado de dos dígitos en los últimos tres años.



Diagnóstico del establishment: gasto público descontrolado.

Los llamados economistas ortodoxos están claramente embarcados en una campaña de inflación de la inflación. Sugieren la existencia de porcentajes mayores a los existentes por medio de encuestas distorsionadas y operaciones de prensa. Su objetivo es crear un clima propicio a la implementación del ajuste antipopular.



Sus voceros atribuyen la inflación al deterioro de las cuentas públicas y a la desmesura del gasto estatal (Melconian, Llach, Artana, López Murphy, Broda entre otros). Afirman que esas erogaciones han crecido a un ritmo 30% superior a los ingresos, provocando la abrupta degradación del superávit primario (3,9% en 2004) a una situación de equilibrio (o déficit del 1%, si se considera el uso de recursos extraordinarios).



Pero estos custodios de la austeridad fiscal dieron rienda suelta a la emisión y al endeudamiento público cada vez que les tocó participar de un gobierno o colaborar con el. Sus demandas de recorte del gasto son pura hipocresía, puesto que convalidan las principales fuentes de erosión de los recursos públicos: los pagos de la deuda y los subsidios a las grandes empresas. Estas últimas subvenciones no buscan mejorar los servicios, sino asegurar la rentabilidad de los concesionarios y mantener las tarifas en niveles políticamente sostenibles. Tampoco objetan la existencia de un sistema tributario regresivo, que obliga a las mayorías populares a cargar con el sostenimiento del Estado, mientras las clases dominantes lucran con desgravaciones de todo tipo. Por otra parte, propician políticas de alta tasa de interés, que son un mecanismo disparador de todos los costos y precios de la economía.





Los custodios verbales de la tesorería tampoco recuerdan su contribución a los colapsos fiscales y financieros que soportó el Estado por rescates de bancos y empresas en quiebra. Los críticos ortodoxos silencian estas dilapidaciones. Nunca rechazan el gasto público a favor de los capitalistas y solo reclaman cortar el gasto social destinado a los trabajadores, desempleados y empobrecidos.



Pero el diagnóstico de carestía por emisión -que efectivamente derivó en varios colapsos hiperinflacionarios en el pasado- no se ajusta a la realidad actual. Fue causa del descontrol de los precios en los años de gran déficit fiscal, deuda incontrolable y reservas exiguas, que no se verifican en estos momentos. Es cierto, el superávit fiscal se ha reducido pero los desbalances de las cuentas públicas son limitados y no provocan el alto nivel de inflación vigente.



El combustible inflacionario que generan los desequilibrios fiscales son más un peligro a futuro que un problema inmediato. En la medida que el bache de las cuentas públicas se profundice, con agujeros que se tapan con fondos de la previsión social y políticas de re-endeudamiento, los desastres financieros del Estado pueden reaparecer. Pero son posibilidades de inflación potencial, que no explican las remarcaciones de los últimos tres años.



Los economistas del establishment atribuyen todo el problema al gobierno, exculpan así a los capitalistas que son quienes efectivamente provocan el aumento de los precios. Han difundido la teoría de una “inflación K”. Esta teoría presenta a la carestía como una conspiración político-electoral del matrimonio presidencial para perpetuarse en el poder, afirman que con ese propósito se está generando desde el Estado un crecimiento artificial de la producción y el consumo. Como sabemos esta tesis conduce a propiciar un enfriamiento de la economía y al ajuste.



Cuando estos economistas toman distancia de los gobiernos suelen culpabilizarlos por el llamado “impuesto inflacionario”. También aquí olvidan que el incremento de los precios no es un gravamen por el solo hecho de incrementar los ingresos fiscales o licuar parcialmente la deuda pública. Quienes recaudan los mayores beneficios de la carestía son los capitalistas que lucran directamente con las demarcaciones, aunque también el Estado se beneficie.



El ajuste y sus variantes

Del retrato de inflación descontrolada que difunden la derecha opositora y el FMI se deriva la necesidad de un ajuste inexorable. El propósito de este recorte sería garantizar desde ahora el cobro puntual de la deuda pública. Los exponentes de la banca (Kiguel, Daniel Marx) no disimulan este objetivo. Algunos ya se pronuncian por la tradicional receta de cortar las erogaciones y enfriar el nivel de actividad (Bour, Frenkel) y otros proponen un camino más gradual para implementar el mismo achique (Llach).



Cuando pueden hablar sin micrófonos son más explícitos, atribuyen la inflación al recalentamiento de la demanda que generan las negociaciones salariales en curso. No cuestionan abiertamente los reclamos de aumento salarial, sino que advierten en forma más indirecta respecto del impacto que esas exigencias tendrían sobre la “espiral inflacionaria”.



Sin embargo olvidan aclarar que ese reciclaje no obedece a fuerzas de la naturaleza, sino a las acciones premeditadas de los capitalistas. Otra forma de invertir la realidad es afirmar que el gobierno convalida aumentos salariales que negocian fuera de su órbita (sector privado, provincias) y que “deben pagar otros”.



Proponen combatir la inflación mediante la liberación de los precios. Consideran que la oferta y la demanda auto-regula todas las variables de la economía colocándolas en su justo lugar. Con este estandarte despotrican contra la ineficacia del “intervencionismo populista” que pretende supervisar los precios (Aguad, Campos, AEA).



Este rechazo contrasta con el aplauso que reciben todos los auxilios estatales a los banqueros. Para estos economistas cuando se imponen topes a los salarios los gobernantes cumplen una loable función, pero si intentan atenuar la escalada de los precios se inmiscuyen en áreas que están fuera de su incumbencia. Este recitado neoliberal omite que la inmensa mayoría de los precios están actualmente exentos de todo control y que por eso aumentan. No existe carestía por “inflación sumergida”, sino una remarcación descarada y sin grandes obstrucciones. Quienes repiten una y otra vez que “los precios no deben regularse”, omiten notar que justamente ese descontrol provoca la inflación actual.



Cuando los precios internos se aceleran en comparación al tipo de cambio los exportadores comienzan a pedir devaluación competitiva para recuperar rentabilidad. La mega-devaluación del 2001-02 los mantuvo callados durante todo el tiempo que lucraron con los efectos de esa confiscación de ingresos populares, solo exigieron reducciones de impuestos (bajar las retenciones), sin hablar de la cotización del dólar.



Pero ahora piden la devaluación frente al intento gubernamental de morigerar la carestía retrasando el acompañamiento cambiario (Ratazzi, Buzzi). No les satisface esta política, ni tampoco la reciente aceptación de la traslación local del aumento de ciertos precios internacionales (por ejemplo el combustible). En su griterío omiten que el tipo de cambio promedio se sitúa todavía un 33% por encima del ocaso de la convertibilidad y que el tipo de cambio multilateral (con los socios comerciales) duplica el vigente en diciembre 2001.



Es conocido que cualquier devaluación potenciaría la inflación, ya que el país exporta alimentos y una mejora de los precios de exportación genera inmediatas presiones para incrementar sus equivalentes internos. Por donde se lo mire, los remedios que propone la “ortodoxia” económica implican más inflación.



Explicación del gobierno: expectativas, codicia, indisciplina

El gobierno atribuye el incremento de precios a la existencia de un clima político y social enrarecido que induce a los empresarios a remarcar. Así desestima la existencia de un rebrote inflacionario, solo habla de “reacomodamiento de precios”, que se disipará cuando retornen las expectativas favorables. Para el oficialismo la carestía desparecería si impera un clima de buena onda.



El carácter superficial de este diagnóstico salta a la vista. La inflación se ha instalado desde hace tres años como un problema sostenido, que ya no depende del humor del momento. Los precios suben en la prosperidad y en la recesión económica, con estabilidad o con convulsión política y todo indica que seguirá incluso perdurando en un nuevo ciclo de crecimiento.



Los funcionarios apuestan a los efectos mágicos de relativizar el problema. Afirman que los precios solo repuntan por las maniobras de empresarios codiciosos. Siguiendo este diagnóstico, algunos economistas caracterizan a la inflación actual como un fenómeno inercial y de corto plazo, que podría cortarse con acuerdos sociales (un pacto CGT-UIA-FAA), cuyos contenidos nunca son explicitados, y anuncios presidenciales de metas de inflación decreciente (Ferrer).



Pero los datos desmienten el carácter meramente coyuntural de la presión inflacionaria. La experiencia indica que cuando este comportamiento se estabiliza, la remarcación se torna inmune a todas las convocatorias oficiales a la sobriedad. Los empresarios saben, además, que la amonestación oficial solo encubre las negociaciones para introducir algún freno de la carestía a cambio de subsidios y concesiones. Con estas tratativas se busca relanzar una canasta artificial de bienes con precios moderados para justificar las manipulaciones del INDEC y preservar la libre remarcación del resto de los productos.



Como los capitalistas suelen violar estos acuerdos, desde hace años existe un cortocircuito con la gestión Moreno. Los comunicadores derechistas denuncian su estilo patotero, pero no su tolerancia de la carestía. Los escándalos mediáticos ocultan que los formadores de precios ignoran todos los compromisos que asumen, provocando el enojo del secretario. Pero este vocifera sin adoptar medidas de control efectivo de los precios.



La Secretaría de Comercio Interior no tiene un solo departamento de estudios de costos ni de márgenes de ganancia. Tampoco cuenta con inspectores que fiscalicen si los acuerdos de precios son puestos en ejecución. Es como si se pusiera en marcha una AFIP que no tuviera capacidad para recaudar o una Aduana sin facultades para gravar el ingreso de mercancías. En los últimos meses se limita a remendar convenios que no funcionan, para mantener la ficción de una regulación de las segundas marcas.



El método Moreno ha conducido al peor de los mundos. Mantiene una pantalla de concertaciones, lanza amenazas que no cumple y pretende asustar a los dueños del poder sin recurrir a la movilización popular. Supone que el griterío por arriba puede doblegar a los ejecutivos, reemplazando la intervención directa de los trabajadores y los usuarios en el control de los precios y los costos de las empresas.



Los formadores de precios no son “pequeños comerciantes inescrupulosos”, ni “intermediarios que se han avivado”. No se los puede disciplinar con simples amenazas de sanción oficial, porque conforman los grupos más poderosos que controlan los mercados, que siempre han manejado la economía argentina, en distintas asociaciones con todos los gobiernos.



Estos enormes conglomerados definen el precio de venta de los principales productos. Como ejemplos alcanza solo con algunos rubros. Únicamente dos empresas manejan el 89% de las ventas de pan lactal, otras dos el 84% de gaseosas y otra dupla el 77% de la leche chocolatada y el 78% de las galletitas saladas. El 100% de las cervezas es controlado por tres compañías. La misma situación se verifica en harinas, aceites y otros productos básicos. En todos los segmentos centrales de la provisión de alimentos y bebidas predomina el mismo paisaje de contundentes grandes oligopolios, enlazados a las cadenas de comercialización. Este manejo no implica necesariamente concertaciones entre las grandes firmas, pero las rivalidades no se traducen en reducción de precios.



Un freno efectivo de la escalada de los precios exige confrontar seriamente con las grandes empresas. Esta política nunca figuró en los planes del gobierno que trata a estas firmas como socios privilegiados del poder. Por esta convivencia tolera la inflación haciendo como que la enfrenta.



Demanda y puja distributiva

Los partidarios del gobierno afirman que el rebrote inflacionario obedece a incrementos del poder adquisitivo, que se traduce en aumentos generales del consumo. Consideran que la Asignación Universal, también el plan Argentina Trabaja, generó una fuerte corriente de compras de los sectores de menores ingresos, que indujo a los empresarios a subir los precios (Heller).



Pero este razonamiento descalifica el propio otorgamiento de la asignación por hijo. ¿Por qué, si su concesión impulsa la carestía, se la implementó de esa manera? Es evidente que la efectividad de esta iniciativa depende de su complementación con férreos mecanismos de control de precios. Como el gobierno no quiere enemistarse con los grandes capitalistas, otorga una concesión social que se ve limitada en su alcance real ya que la inflación, especialmente en el rubro alimentario, la ha licuado en un 50% en apenas seis meses.



Otros economistas oficiales estiman que la inflación refleja la intensidad de las negociaciones salariales entre trabajadores y patrones. Consideran que los precios se recalientan, junto a las crecientes disputas por la distribución del ingreso. Pero esta puja no es una confrontación equitativa, sino una batalla entre patrones que aumentan los precios y trabajadores que solo negocian su salario.



Es cierto que el rebrote de la inflación expresa estas tensiones, pero no una mejora en la distribución del ingreso. Los precios suben porque los empresarios buscan mantener sus beneficios en un escenario de reactivación por causas externas (crecimiento de Brasil, alta cosecha, elevados precios de las exportaciones) e internas (política oficial contra-cíclica de sostenimiento del consumo). La inflación vuelve con fuerza a medida que el PBI tiende a crecer por arriba del 4%.



En este contexto se profundiza la desigualdad en lugar de acortarla. No existe ninguna redistribución significativa del ingreso, al contrario, la brecha entre los más ricos y los más pobres tiende ensancharse. La gravitación de los consumos de altos ingresos en los últimos meses es un signo de esa polarización.



El gobierno se despoja de toda responsabilidad por la inflación, pero desde la reanudación de la remarcación de precios en el 2007, primero Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández no tomaron medidas efectivas que contuvieran la dinámica inflacionaria, aún en las condiciones de atraso del salario real. Se limitaron a implementar la tergiversación de los índices de precios y a ponerlo a Moreno a hacer declaraciones contra los empleados del INDEC. No existe una acción eficaz para desarmar las subas de precios. El gobierno coexiste así con una inflación que aumenta la pobreza y deteriora el salario, puesto que cualquier intervención para corregir el problema lo pondría frente dos escenarios: el congelamiento de las subas de precios o la política de shock que propicia la derecha. Frente a esta indefinición, no tiene más remedio que continuar administrando la situación.



Ausencia de inversión reproductiva

Solo existe una causa que coadyuva a la inflación actual sobre la que hay coincidencia general: la carencia de inversiones reproductivas. Los economistas de todas las vertientes subrayan que los precios son también empujados hacia arriba por una fuerte restricción de la oferta ante la recomposición del nivel promedio de consumo de la población.



La recuperación del 2003-07 se efectivizó a partir de una enorme capacidad instalada ociosa y de un repunte de la inversión privada. Que sin embargo no logró poner en pie el stock de capital industrial requerido por el propio ciclo expansivo de la economía. Cuando se restauró la demanda los nuevos pedidos de compra no obtuvieron respuesta de los oferentes.



No es de extrañar entonces que la causa de este desfasaje fuera el bajo nivel de la inversión privada. Aunque tendió a subir en los últimos años se ubica muy lejos de lo requerido por dos restricciones estructurales: ausencia de financiación (los bancos prestan casi exclusivamente para consumo) y persistente fuga de capitales (por el hábito burgués de proteger los ahorros fuera del país). Esta tendencia fue potenciada por la recesión del año pasado, generando una caída adicional del 15%.



El bache de la inversión privada ha sido parcialmente compensado por su equivalente del sector público (sobre todo mediante caminos, puentes, cloacas, viviendas, escuelas), pero esta acción solo remontó los niveles de subsuelo que prevalecieron durante los años ‘90. Con esa inyección de fondos no se logra contrarrestar los problemas y se introducen nuevas adversidades.



En lugar de inversiones genuinas el Estado ha concedido subsidios a concesionarios privados en sectores estratégicos. Esta conducta heredada del privatismo menemista no ha cambiado. Una fabulosa masa de fondos públicos es destinada a empresarios que administran el transporte, la energía, los aeropuertos o la electricidad, sin ningún control de costos, ganancias, ni mejora en los servicios (La decrépita situación de los ferrocarriles es la evidencia más chocante de este despropósito).



Los economistas del establishment convocan a “seducir a los empresarios” con medidas que despierten su “confianza”, sin rememorar las nefastas consecuencias que generó esta misma convocatoria durante los años ‘90.



Lo ocurrido recientemente con la carne desmiente cualquier ilusión de remediar la estrechez de oferta con recetas de libre-mercado. Durante los últimos años la provisión de este alimento básico quedó sujeta a las decisiones de los ganaderos y los propietarios de tierra, sin ninguna interferencia oficial. Pero como el cultivo de soja fue más lucrativo que la crianza y engorde de animales, esta actividad perdió 13,5 millones de hectáreas y sufrió, sólo en el 2009 la liquidación de tres millones de cabezas. Más allá de las remarcaciones que imponen los supermercados y frigoríficos, que el gobierno intentó desesperadamente restringir introduciendo límites a las exportaciones, la falta de carne ilustra cómo el libre funcionamiento del mercado condujo a demoler la ganadería. Estos mismos desastres genera el libreto neoliberal en cualquier rama de la producción.



Por su parte, el gobierno se propondría remontar la baja inversión con la ampliación de los subsidios y la reconstitución del crédito de largo plazo. Pero como no contempla nacionalizar los recursos básicos (energía, minería, transporte) ni el sistema financiero, desestima los únicos instrumentos efectivos para reindustrializar el país y superar los baches de la oferta. La experiencia nos enseña que frente a la ausencia de vocación inversora de los capitalistas solo el Estado puede asumir la tarea de ampliar la capacidad productiva, y por lo tanto la oferta de bienes en el país. Mientras se mantenga este bajo nivel de inversión privada sin que el Estado se haga cargo en sectores directamente reproductivos, la inflación por restricción de oferta continuará.



Conclusiones y propuestas

Para los Economistas de Izquierda la inflación actual no es un problema más de la economía argentina. Es en este campo que se concentran todos los desequilibrios del modelo. La carestía expresa la impunidad que mantienen los grandes capitalistas para preservar sus ganancias, agravando los padecimientos del grueso de la población. La suba de precios indica el agotamiento del período de ganancias fáciles que siguió a la mega-devaluación del 2002 e ilustra el predominio de los grandes formadores de precios en condiciones de escasa inversión.



Para nosotros la inflación no es un problema que puedan resolver los expertos en un gabinete. Ningún especialista que trabaje en este tema es neutral. Puede poner sus conocimientos a disposición de los poderosos, del gobierno de turno o del movimiento social. Para frenar la carestía y preservar el poder adquisitivo de los ingresos populares, es necesario adoptar un conjunto de medidas tendientes a la administración directa de los precios, pero para ser efectivas estas medidas deben estar sostenidas por el protagonismo y el control social.



Un paso previo es la reconstitución de indicadores confiables. Los trabajadores y técnicos del INDEC, que fueran desplazados por la actual intervención, ya han elaborado propuestas tendientes a la gestación de un instituto de estadísticas autónomo de los gobiernos. Economistas de Izquierda apoya y se suma a estas iniciativas que de concretarse serán un avance, colocando al INDEC fuera de toda manipulación del Poder Ejecutivo.



Sin embargo una buena medición solo aportará termómetros eficaces para mejorar el conocimiento de la enfermedad. Un punto de partida indispensable es proteger el poder adquisitivo de los salarios y demás ingresos populares. La implantación de la escala móvil de salarios y otros ingresos (jubilaciones, pensiones, planes sociales), que permita el ajuste automático según la inflación es nuestra propuesta. Para nosotros esta indexación no recicla en forma inexorable la calesita de precios y sueldos, esto solo sucede si los beneficios permanecen intocados. Para nosotros si la principal causa de inflación es el alto nivel de la rentabilidad empresaria la forma de proteger el salario y otros ingresos es recortando las macro-ganancias de los capitalistas.



El control directo de los precios, en las empresas formadoras que controlan las cadenas de comercialización, es un complemento indispensable de la escala móvil, tanto para los trabajadores informales y precarizados, que no están cubiertos por negociaciones colectivas, como para los desocupados y pauperizados. Para los Economistas de Izquierda la implementación por el Estado de un sistema de precios máximos de la canasta familiar solo será eficaz si convoca a la participación directa de los consumidores. El fracaso de Moreno y sus métodos nos exime de mayores justificaciones. Por el contrario un ejemplo de la acción popular fue el freno que impusieron las protestas a los aumentos de tarifas que el gobierno había convalidado en agosto del 2009.



Un control efectivo de los precios solo es factible si conduce a verificar los costos. La única forma de saber cuál es el valor que corresponde a un bien es conociendo cuánto cuesta elaborarlo. Sobre esta contabilidad los capitalistas mantienen un riguroso secreto, argumentan que no pueden compartir una información vital ansiada por todos los competidores. Pero este supuesto viola los códigos de transparencia que postulan los propios capitalistas. En realidad los costos de producción se encubren para ocultar las ganancias, que como hemos señalado constituyen hoy el motor de la inflación. Así como el control de precios requiere de la participación de los consumidores, la verificación de los costos de producción necesita de la activa participación y control de los trabajadores para evitar la fuga de capitales y la evasión impositiva, que obstruyen la reconstitución de la inversión.



Para nosotros la lucha contra la inflación no puede justificar techos salariales en las negociaciones colectivas. Los trabajadores no deben ceder su legítimo derecho a proteger su capacidad de compra y a recuperar niveles de ingreso perdidos en las últimas décadas. Las reivindicaciones de “Salario igual a la canasta familiar” u “82% móvil a las jubilaciones” tienen plena vigencia y actualidad. Proteger los ingresos y luchar contra la inflación forman parte de una misma política.



Para EDI enfrentar la carestía es una batalla social, que debe encararse con plena conciencia de sus alcances. En este sentido el control a imponer debe ir acompañado de sanciones para todos los empresarios que lo transgredan. A tal efecto sigue vigente la vieja ley de abastecimiento, que autoriza a multar, clausurar y llegado el caso, expropiar a remarcadores y generadores de mercados negros.



En un país exportador de alimentos, dónde los precios internos han estado siempre directamente conectados a las cotizaciones internacionales, resulta indispensable introducir el monopolio estatal del comercio exterior. Para nosotros esta medida es vital para divorciar el precio local de sus equivalentes internacionales.



Complementariamente la eliminación del IVA a los artículos de la canasta familiar permitiría una modificación de los precios relativos de directo impacto sobre la capacidad de compra de los sectores populares. Así como el establecimiento de Centros Populares de Distribución y Comercialización, que garanticen que los productos de primera necesidad con precios máximos lleguen efectivamente a los sectores más necesitados.



Para quienes integramos Economistas de Izquierda la contención de la suba de precios no se logrará con simples disposiciones administrativas, más allá de la capacidad técnica y dedicación de quienes las instrumenten. Para que éstas resulten exitosas es condición ineludible que convoquen a la participación y movilización de los principales afectados. Si se logra el objetivo con ese método, el país comenzará a encontrar un sendero de nuevas soluciones para sus viejas desventuras.



Buenos aires, mayo de 2010.



Economistas de Izquierda- EDI

Claudio Katz, Jorge Marchini, Guillermo Gigliani, José Castillo, Eduardo Lucita